—Bueno, pero que sea rápido —accedí. Nadia se metió en el departamento y volvió enseguida con una colchoneta y una manta. Colocó la colchoneta en el piso y extendió la manta encima de ella. —No entiendo por qué esa obsesión de algunos con su cuerpo —dije yo, mientras ella se ponía boca abajo, sobre la manta. —No es obsesión. Simplemente a algunos nos gusta vernos bien. Por supuesto que hay otras cosas más importantes, pero la primera impresión siempre es por los ojos —dijo. Yo no le respondí. No tenía ganas de ponerme a filosofar, mucho menos con ella—. ¿Sos de poco hablar, o es solo conmigo porque te caigo mal? —preguntó después. No me esperaba una pregunta tan directa como esa, pero no me iba a achicar por eso. Si ella quería saberlo, se lo diría. —Un poco de ambas —dije. Nadia rio

