Apreté el pomo del bronceador, y dejé caer dos chorros en uno de los glúteos. La imagen me pareció algo pornográfica. Debía reconocer que, si no se tratara de Nadia, incluso alguien tan ubicado como yo quedaría anonadado ante semejante orto. Como diría Toni, era un culo con carácter. Se lo veía firme, contundente, poderoso. Su forma era perfecta, de una redondez asombrosa. Apoyé tímidamente la palma de mi mano en él, y empecé a hacer movimientos circulares, esparciendo el bronceador en toda la circunferencia. Si los muslos se sentían firmes, las nalgas eran ridículamente duras. Pero a pesar de la rigidez de los músculos, la piel era increíblemente suave y tersa. Se sentía tan bien como cuando acariciaba el asiento de cuero del BMW del papá de Edu. Por otra parte, al sentirlo con el tacto

