Yo asiento, pero no puedo hablar. Siento que mi cabeza está a punto de explotar y que voy a mandar todo a la mierda y me la voy a coger ahí mismo. No soy alguien violento, y jamás hice nada malo, pero nunca sentí tantas ganas de cometer un crimen: violar a mi madrastra. Cuando volvemos al living, ella se detiene un segundo y me mira de reojo, con una sonrisa entre burlona y cómplice. —Sos medio tímido, ¿no? —pregunta de repente. —Eh… ¿por qué lo decís? —respondo, e inmediatamente me doy cuenta de lo tonto que fui. Obvio que soy tímido. No es ningún secreto, y cualquier persona se da cuenta de eso apenas conocerme. —Por nada. Solo lo comentaba. Creo que nunca tuvimos oportunidad de conversar un rato —responde, acomodándose la remera con un gesto despreocupado—. Y no te preocupes, a las

