Y sin embargo, cuando estaba conciliando el sueño, no pude evitar recordar los polvos que le había echado hacía un par de días. Realmente era descorazonador pensar que nunca volvería a repetirse esa sesión de sexo intenso que habíamos tenido. Incluso me embargó cierto temor al imaginar que en cuestión de tiempo, aquella noche quedaría en mi memoria como si no fuera más que un sueño lejano. No me quedaba más que recurrir a las viejas prácticas onanísticas, pues si no lo hacía, iba a desvelarme nuevamente. Necesitaba relajarme y dejar de pensar en Nadia. En ella, y en cada una de las sensuales partes de su cuerpo. Escupí mi mano y unté al glande con la saliva. Sentí un placer intenso, pero que no se comparaba a lo que había sentido cuando la lengua de víbora de mi madrastra me había hecho e

