—Hay mucha gente —dije, preocupado. Estábamos en el supermercado. Si bien se suponía que solo podía ingresar una sola persona por grupo familiar, mi madrastra y yo habíamos hecho de cuenta que íbamos separados, por lo que no tuvimos ningún inconveniente. Era el día seis de cuarentena. En Ramos Mejía se había cortado el suministro de energía eléctrica a lo largo de una zona muy amplia, y nuestro edificio se había visto afectado. El ruido de los grupos electrógenos que habían encendido en los locales, para poder continuar trabajando, era muy molesto. Pero salir fuera de ese departamento en el que últimamente vivíamos encerrados me hacía bien. Además, durante el día no estuve del mejor humor. Había recibido un mensaje de la universidad a la que pertenecía en donde explicaban que, durante la

