Da un paso hacia atrás, pero sus ojos todavía no me sueltan. Nunca fue tan obvio como su hermano, pero sé muy bien que me desea. Es normal, no puedo culparlo por eso. Es un chico tímido y solitario que de repente se ve obligado a convivir con una mujer que no debía parecerse a ninguna que haya conocido. Y encima fui lo suficientemente torpe como para mostrarme semidesnuda frente a él. —Bueno, gracias por avisarme —digo. —De nada —responde en voz baja, antes de girarse lentamente y caminar por el pasillo. Pero de repente me doy cuenta de algo. —¡Julián! —lo llamo, asomando la cabeza en el pasillo. Él se da vuelta, pero queda de perfil, cosa que me parece rara. Entonces lo veo. Tiene una potente erección. El chico se sonroja. —¿Sí? —dice, y veo que el pobre se muere de vergüenza. —Vam

