Tengo la mirada en el piso, todavía agitada. Mi respiración es irregular, y siento el calor en mi piel como un recordatorio de lo que acaba de pasar. Entonces, unos dedos rozan mi mentón, y me obligan a levantar la vista. Es Matías. Sus ojos me encuentran, y me doy cuenta de que estoy llorando. Las lágrimas ruedan por mis mejillas, calientes, incontrolables. Pienso que quizás se apiadará de mí, que me dejará ir. Pero no, después de un orgasmo como el que me dio, eso es imposible. Se inclina hacia mí y me besa. Esta vez no encuentra resistencia. ¿Por qué habría de encontrarla? Si con un simple masaje me hizo alcanzar un placer inmenso, un beso parece insignificante al lado de aquello. Y sin embargo, cuando siento sus labios en los míos, su lengua entrando en mi boca, ahí recién comprendo q

