Victoria se sentía muy incómoda con aquel enorme vestido puesto. No había tenido tiempo de cambiarse, Massimo parecía ansioso de llevarla a aquel sitio. «Su luna de miel», pensó la mujer con ironía, dudaba de que aquello tuviese algo de agradable, podía prácticamente percibir el aura corrosiva que desprendía el hombre a su lado. Ya los podía imaginar discutiendo por horas, sobre quien le había hecho más daño a quien. Massimo tenía sus razones para estar dolido, pero después de todo había sido él el que comenzó con este juego de dolor infligido. Repentinamente, el auto se estacionó, dejando a Victoria sorprendida. Aquella era la casa que habían comprado hacía un mes. «¿No se suponía que irían a algún destino turístico?», se extrañó la mujer, al ver que Massimo se baja del vehículo sin s

