Te llamé y, como no contestaste, temí que algo ocurriera —se disculpó tímidamente. —La señorita Van Deusen ha sufrido un pequeño percance y he tenido que socorrerla —explicó con el rostro impasible, mientras extraía una gran toalla de la bolsa de Karla y la envolvía con ella. —Bien, si todo está en orden, me adelantaré —e inició presuroso la marcha. Sebastian recogió sus ropas y envolvió con ellas la pistola y el comunicador que había dejado en la arena tras su precipitada carrera. Después, acercándose a una temblorosa Karla, le alargó las zapatillas para que se las pusiera. —Cuando desees, podemos marcharnos —sugirió con voz neutra, mirando al horizonte. Karla se sobresaltó vivamente ante la manifiesta indiferencia que se desprendía de la voz masculina y levantó sus ojos hacia

