Capítulo 6

1414 Words
El Efecto Doppler y la Dimensión Desconocida Vicencio  Había pasado exactamente una hora y doce minutos desde que Matilda Arnault salió de mi oficina con la elegancia de una pantera y la frialdad de un iceberg. Intenté concentrarme. Lo intenté de verdad. Tenía frente a mí los planos del nuevo museo de arte contemporáneo en el Soho, un proyecto de ochenta millones de dólares, pero lo único que veía en las líneas de los bocetos eran las curvas de su espalda cuando bajó las escaleras anoche. —Maldita sea —gruñí, lanzando el lápiz óptico contra el escritorio. Mi cerebro estaba experimentando lo que yo llamaba "El Efecto Matilda": una distorsión de la realidad donde nada tenía sentido. Me sentía como si hubiera cruzado un portal hacia una dimensión desconocida donde las leyes de la física y de mi propia jerarquía social habían dejado de funcionar. ¿Cómo era posible que la "niña tonta" que recordaba se hubiera convertido en este espécimen de perfección intelectual y física? Estaba empezando a considerar seriamente si mi padre me había drogado o si esto era un experimento social de gran escala. —Felipe —llamé por el intercomunicador. No hubo respuesta—. ¡Felipe! Cierto. Matilda se lo había llevado. Mi asistente ahora era su asistente. Me puse de pie, sintiendo que las paredes de mi oficina se cerraban sobre mí. Necesitaba aire. Necesitaba verla fuera de este entorno para confirmar que era humana y no un androide avanzado diseñado para destruir mi cordura. Bajé al vestíbulo y salí a la calle. El calor de Nueva York me recibió, pero no tanto como el espectáculo que encontré a media cuadra. No tuve que buscarla mucho. Solo tuve que seguir la dirección de todas las cabezas masculinas —y varias femeninas— en un radio de tres manzanas. Era como un efecto dominó: hombre que pasaba, hombre que se giraba hasta casi desnucarse. Matilda no había ido a un restaurante de cinco estrellas con reserva previa. No. Estaba caminando hacia una cafetería normal, un local de esos que sirven café en vasos de cartón y tienen mesas de madera desgastada. —¿Qué demonios hace ahí? —me pregunté, ocultándome detrás de un puesto de periódicos como un acosador de primera categoría. Mi ego gritaba que esto era indigno, pero mi curiosidad era un incendio incontrolable. La vi entrar. El lugar estaba lleno de oficinistas, obreros de la construcción y estudiantes. En cuanto ella cruzó el umbral, el nivel de ruido bajó tres decibelios. Fue como si el universo hubiera decidido ponerle un filtro de luz cinematográfica solo a ella. Su melena roja brillaba bajo los fluorescentes baratos del local, y su traje gris, que en la oficina parecía profesional, aquí parecía la armadura de una diosa perdida en un suburbio. Me deslicé dentro del local, poniéndome la capucha de mi sudadera (que convenientemente guardaba en el auto para mis huidas de la prensa). Me senté en una esquina oscura, observando la escena. Lo que vi me hizo cuestionar si realmente estaba en la Dimensión Desconocida. Un tipo con uniforme de mensajero, que probablemente no había visto un libro de finanzas en su vida, se quedó paralizado con una dona a medio camino de la boca. Matilda le sonrió —una sonrisa real, no la mueca gélida que me dedicaba a mí— al pedirle permiso para alcanzar una servilleta. El hombre casi se cae del taburete. —¿Es en serio? —mascullé para mis adentros—. ¿A él le sonríe y a mí me trata como si fuera basura reciclable? Entonces sucedió lo más extraño. Matilda se sentó en una mesa pequeña, sacó su tableta y empezó a trabajar mientras comía un sándwich envuelto en papel de plástico. A su lado, un anciano que leía el periódico la miró por encima de sus gafas. —Bonito color de pelo, jovencita —dijo el hombre. —Gracias, señor. Es herencia de mi abuela —respondió ella con una dulzura que me hizo querer golpear la mesa. ¿Dónde estaba la mujer que me había amenazado con auditar mis calzoncillos hacía dos horas? Esta Matilda era accesible, encantadora y, por alguna razón, mil veces más peligrosa. Verla en ese entorno ordinario resaltaba su perfección de una manera casi insultante. Era como poner un diamante de cien quilates en un plato de cartón; solo hacía que el diamante brillara más. De repente, un joven trajeado, claramente un analista junior de algún banco cercano, cobró valor y se acercó a su mesa. —Hola... yo... no he podido evitar notar que estás leyendo el informe anual de riesgos de la Reserva Federal —dijo el tipo, tratando de sonar interesante. Yo apreté los puños. "Vete, idiota", pensé. "Te va a despedazar. Te va a escupir los algoritmos en la cara". Matilda levantó la vista. Lo miró de arriba abajo. Yo esperaba el hacha. Esperaba la humillación. —Sí —dijo ella con calma—. Pero el análisis del tercer trimestre está sesgado por la inflación subyacente. ¿Tú qué opinas? El tipo se sentó. ¡Se sentó! Empezaron a hablar de macroeconomía mientras él la miraba como si estuviera viendo a la Virgen María y a Wall Street fusionados en una sola persona. En ese momento, mi cordura se despidió de mí. Me puse de pie, olvidando mi disfraz de incógnito, y caminé hacia la mesa con la furia de mil soles. —La mesa está reservada —solté, interrumpiendo al analista junior, que me miró como si yo fuera un loco que acababa de escapar de un manicomio de lujo. —¿Vicencio? —Matilda arqueó una ceja, su voz recuperando ese tono aterciopelado y peligroso—. ¿Qué haces aquí? ¿Y por qué llevas una sudadera tres tallas más grandes sobre un traje de tres mil dólares? —Yo... estaba pasando. Por casualidad. Es una cafetería pública —mentí descaradamente, sintiendo cómo el calor subía por mi cuello—. Y tú, vete. Tenemos una junta de... de... vigas de acero. Ahora. El analista, reconociéndome por fin como el dueño de la torre de enfrente, palideció, recogió su café y huyó sin decir palabra. Matilda me miró fijamente por un largo rato. Luego, soltó una carcajada. No fue una risa burlona; fue una carcajada limpia, sonora, que hizo que otros tres hombres en la cafetería se giraran a verla con adoración. —Estás loco, Médici —dijo ella, limpiándose una lágrima imaginaria—. Estás absolutamente perdiendo la cabeza. ¿Me estabas siguiendo? —¡No te estaba siguiendo! —exclamé, demasiado alto. El anciano del periódico me chistó—. Estaba... evaluando el entorno urbanístico de esta cuadra. —Claro. Evaluando sándwiches de jamón —ella guardó su tableta y se puso de pie. Al hacerlo, el roce de su brazo contra el mío mandó una descarga eléctrica que casi me hace saltar—. Vámonos, "esposo". Antes de que decidas que este local necesita una reforma de mármol de Carrara solo porque me viste sentada aquí. Salimos de la cafetería. Mientras caminábamos de regreso al edificio, me di cuenta de que el mundo seguía girando. Los hombres seguían parándose a verla pasar, las mujeres seguían envidiando su porte, y yo... yo seguía caminando a su lado, sintiéndome como un satélite atrapado en la órbita de un planeta que no comprendía. —Matilda —dije cuando llegamos al ascensor privado. —¿Dime? —¿Por qué esa cafetería? Tienes una tarjeta de crédito sin límite. Ella me miró mientras las puertas se cerraban, dejándonos en la intimidad del cubículo de cristal. —Porque en esa cafetería, la gente me ve como una mujer que sabe de finanzas, no como un activo en un contrato matrimonial —respondió con una seriedad que me dejó mudo—. Deberías intentarlo alguna vez, Vicencio. Ser alguien más que el tipo que sale en las portadas de chismes. Las puertas se abrieron en el piso ejecutivo. Ella salió con la cabeza en alto, dejando tras de sí el aroma de esa dimensión desconocida a la que me había arrastrado. Me quedé allí, solo en el ascensor, preguntándome si en algún momento de los próximos dos años lograría recuperar el control, o si simplemente debería aceptar que mi nueva realidad era ser el hombre más envidiado y miserable del mundo. Definitivamente, me estaba volviendo loco. Y lo peor de todo es que empezaba a gustarme.
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