La alarma del teléfono de Amy sonó como era de costumbre, a las 6 de la mañana. Se levantó de golpe cuando la escuchó, pero se detuvo en el acto cuando sintió un fuerte dolor presionando su cabeza. —Duele, duele—gimió Amy mientras se sujetaba la cabeza con las manos en un intento por controlar el dolor. —¿Te duele? Es menos de lo que mereces, Amy—la voz de Hassel la congeló de inmediato y miró hacia la puerta de la habitación en la que estaba, que no era la suya por supuesto. Luego de darle un rápido vistazo a la habitación, comprendió que estaba en el apartamento de Hassel. Pero, ¿cómo llegué aquí? Se preguntó ella con desconcierto. Aun así, evitó a toda costa ver a Hassel a los ojos, quien estaba de pie y con los brazos cruzados junto al marco de la puerta. —¿Ahora no dirás nada?

