Capítulo 6. Presión.

1559 Words
Años después… Milo Prince El tráfico de Boston es menos concurrido que el de New York, pero igual es una molestia. ¿Sería una decisión idiota y exagerada comprar un helicóptero para moverme por toda la ciudad? La verdad es que, después de estar todo este tiempo en la parte trasera, intentando no volver loco a Remy mientras conduce, comienzo a valorar esa posibilidad. Me estoy estresando. Hoy Ivanna no está, por lo que mi trayecto hasta la empresa está siendo demasiado aburrido. Y al no tener más responsabilidades que esta sede que recién surge, los problemas que tengo se resumen todos a lo mismo: el proyecto del ayuntamiento. Para eso creamos esto, para expandirnos, para ganar terreno y para poner un tentáculo más en nuestro imperio inmobiliario. Lo que aquí se nos dificulta un poco, porque vamos en desventaja, pero nada es imposible. La decisión del consejo del ayuntamiento, de dar los resultados en la gala, me dio algo de esperanza. Mucho más después de ver la presentación de Ivanna, que fue impresionante, y donde pudo hasta poner en su lugar a Shane Robinson cuando se atrevió a cuestionarla. Por lo poco que he visto, algo se traen esos dos, no soy tan idiota como para no saber que de algún lado se conocen, pero mientras eso no interfiera en su trabajo, puedo quedarme tranquilo. Ella es el activo que no sabía que necesitaba, pero que de repente se vuelve indispensable. Tengo que darle las gracias a Aston por eso. No pensé que su petición de darle trabajo a Ivy fuera lo mejor, pero acepté porque hay pocas cosas que puedo negarle a mi amigo. Ahora, por nada del mundo, voy a decirle que dudé de él, solo me ocuparé de hacerle saber que estoy contento por haber aceptado. Mi móvil suena de repente y me saca de mis pensamientos. La palabra "papá" me hace fruncir el ceño. No es normal que me llame, si está en un retiro vacacional del otro lado del mundo. Eso es lo que se logra cuando los hijos toman las riendas del negocio y puedes disfrutar sin contratiempos. —¿Papá? —saludo un poco alarmado en cuanto contesto la llamada. —Milo, ¿tienes un momento? El tono seco de mi padre me hace sentir incómodo de repente. —¿Pasa algo? Llevo una semana sin saber de ustedes, ¿y ese es tu saludo? Podría decir que no me molesta, pero sí lo hace. Mis padres tienen dinero, sí, y un imperio billonario, pero eso nunca ha sido motivo para ser unos arrogantes de mierda. Por el contrario, son demasiados buenos. Que papá me hable así me pone los pelos de punta. —Oh, no, no. Es que tu madre me dejó un momento solo y quiero que hablemos de algo antes de que vuelva. Levanto una ceja y me río. —Papá, ¿te ocultas de mamá para llamarme? ¿Es sobre trabajo? Él suelta un bufido. —Sabes que sí. No quiero estar en la lista negra el resto del viaje, hijo, pero no hablemos de eso ahora. Dime cómo te va. ¿Ya conseguiste el proyecto? Me divierte mucho escucharlo, mi madre puede ser muy terca y él lo sabe. Si decide castigarle el resto del viaje, lo hace sin dudar ni pestañear. —Darán los resultados en una gala benéfica, mañana en la noche. Escucho que chasquea la lengua. —Tanto bombo y platillo, como les gusta. Pero ¿crees que tienes oportunidades? Él está al tanto de la competencia que tenemos. Cuando propuse venir a Boston y crear una sede de nuestras empresas aquí, ese fue uno de los puntos en contra que se valoraron. Shane Robinson, con su inmobiliaria y su constructora, tiene en sus manos todo proyecto importante. Además de su posición como yerno del presidente del banco más influyente de la zona. Es casi un frente unido. Pero tengo esperanzas y algo me dice que dimos un buen paso ayer. —Logré convencer a Misael Allen de darnos apoyo en el financiamiento, lo que para el ayuntamiento es uno de las condiciones con mayor peso. Y la representante del proyecto dio una presentación perfecta ante la comisión, espero que eso haya resultado. —Bien, bien. Eso es bueno —se nota aliviado, luego suspira—. Sabes que no me gusta presionar, hijo, pero esta es tu única oportunidad de mantener el proyecto de expansión. La junta no está contenta con la sede de Boston y solo consiguiendo algo grande, puedes calmarse un poco. Resoplo, la maldita junta me tiene hasta los cojones. —¿Por qué se meten en algo que no les importa? Vuelve a suspirar. —Sí les importa. Sabes cómo funciona, Milo. Tu hermano puede ser el presidente del grupo, tú puedes tener mayor peso en otras áreas, pero los socios son la base de nuestro imperio. Y tenemos que mantenerlos contentos. Ven esta decisión como un capricho tuyo. No entienden por qué Boston, habiendo tanta competencia. Y yo tampoco, si me permites decirlo. Por un momento recuerdo el día antes de tomar esta decisión. Mi encuentro con Aston, la propuesta de proyecto, la inversión que estaba tramitando aquí en Boston y, por último, la mención a su hermana. Mi mejor amigo estaba tanteando el terreno para hablarme de Viena. —Si logramos esto, papá, nos estableceremos en una de las ciudades que más puede darnos y demostrar lo fuerte que podemos ser. Te pedí confianza... —Y yo te la tengo, pero debo avisarte de cómo andan las cosas, hijo. Eres el responsable de la sede, y por ende, van a tener los ojos sobre ti. Muchos de por sí no te adoran. Bufo. Eso no es nuevo. —Pueden irse a la mierda, mi vida personal no está disponible para sus escrutinios. —Sabes que no es así, Milo —insiste mi padre, se escucha cansado—. Solo van a ceder cuando te vean interesado en más que mujeres y alcohol. ¿Sabes que tu fiesta de bienvenida fue portada de revistas? Así como la mujer de tu brazo... una diferente a la última que fue pública. —No puedo creer que estemos hablando de esto —murmuro, apretándome el puente de la nariz. Me niego a aceptar que mi vida privada tenga que ser un maldito escaparate para gente que no me importa. Menos aún para un grupo de socios que viven obsesionados con mantener una imagen que yo nunca pedí sostener. —Créelo —responde mi padre, sin rastro de burla—. No es justo, lo sé. Tampoco me gusta, pero funciona así. La junta quiere señales de estabilidad, madurez y compromiso. No puedes seguir dándoles argumentos para cuestionarte. —Nadie tiene por qué meter las narices en lo que hago o dejo de hacer —insisto, con la voz más tensa—. No voy a casarme por presión social ni voy a dejar de salir solo porque a un grupo de viejos adinerados les incomoda. —No estoy diciendo eso —responde con paciencia, aunque claramente ya está fastidiado—. Solo te pido que seas consciente. Te están observando, y lo que hagas ahora determinará si tu proyecto de expansión tiene futuro o no. Abro la boca para responder, pero escucho ruido al fondo. La voz dulce de mi madre se cuela por la línea. —¿A quién llamas sin mí? —pregunta ella con una mezcla de reproche y risa—. Espero que solo estés saludando y no fastidiando a Milo con trabajo. Cierro los ojos y respiro hondo. La voz de mi madre siempre me baja un poco las defensas, pero hoy no tanto. —Mamá —la saludo, intentando sonar normal—. Buenos días. —Hijo, qué alegría escucharte. Tu padre insiste en andar escondido para hablarte. No sé qué pretende. ¿Le estás dando trabajo en exceso? —su burla ligera me arranca una sonrisa, pero es un gesto automático y vacío. No estoy de humor, pero tampoco quiero preocuparla. —Estoy bien, mamá. Todo marcha según lo previsto. Solo estamos resolviendo algunos detalles del proyecto —le digo, y la mentira sale fluida, como si la hubiéramos ensayado. —No lo distraigas, mujer —interrumpe mi padre, medio riendo—. Ya lo saludaste. —Ay, déjalo respirar —responde ella, y puedo imaginarla apartándolo de la pantalla del teléfono—. Milo, hijo, llámame luego cuando estés libre. Quiero contarte algo. No tardará, lo prometo. —Claro, mamá. Te llamo en la noche —respondo con suavidad. Nos despedimos rápido. La llamada se corta y la pantalla se queda oscura. El auto avanza unos segundos más en silencio mientras siento el peso de la conversación en mi pecho. El juicio implícito, ma expectativa, las sugerencias veladas, y lo peor, la sensación de que están volviendo a señalar el mismo hueco en mi vida que llevo años evitando mirar. —Estamos cerca de la empresa, señor —dice Remy desde el asiento delantero, con el tono profesional que nunca pierde. Asiento sin responder. Me aclaro la garganta y miro por la ventana, dejando que la ciudad pase sin prestarle verdadera atención. Boston aparece tranquila desde aquí, pero mi cabeza es un maldito campo de batalla. Y sé que apenas está empezando.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD