Alma Style.
Mi nombre es Alma Style, hija de Leonardo Style —el futbolista número uno de México— y de Anne Hamilton, la empresaria y arquitecta. Pero yo soy todo lo opuesto a ellos. No me interesa ni el fútbol ni los negocios.
Siempre he decidido lo que quiero hacer con mi vida. Desde que era pequeña y quería apuntarme a las clases de canto, hasta los catorce años, cuando le pedí a mis padres ir a ese internado en Londres con mi prima Leah. Ella debía educarse para ser una señorita y yo simplemente quería pasar mis días con ella.
He estado un año completo aquí estudiando… y haciendo travesuras con Leah. Los fines de semana los pasamos en el castillo Blackwood.
Estoy sentada en la cama, con las piernas cruzadas, pasando el dedo por la pantalla del móvil. Las fotografías de Mateo me tienen hipnotizada. La playa, el sol de verano, él sin camiseta… esos músculos definidos, el cabello dorado revuelto por el viento, los ojos celestes mirando directamente a la cámara. Parece sacado de una película. Mi crush. El mejor amigo de Gael. Y yo, aquí, en este maldito internado, suspirando como una idiota.
—¡Auch!
La almohada me da de lleno en la cara. Casi se me cae el móvil.
—¡Leah!
Mi prima se ríe desde su cama, el pelo pelirrojo desordenado sobre los hombros. Compartimos habitación desde el primer día. Aunque vamos a clases distintas —yo soy un año y medio mayor—, las noches son nuestras. Secretos, risas y estupideces.
—Deja de babeear por las fotos de Mateo —dice, acomodándose contra la cabecera—. Pareces una enamorada de novela barata.
—No babeo —murmuro, aunque siento las mejillas ardiendo. Bloqueo la pantalla y lanzo la almohada de vuelta. Ella la esquiva con facilidad.
Leah se acerca, apoyando los codos en el borde de mi cama. Su voz baja, conspiradora:
—Pronto será tu cumpleaños… y lo verás.
Me miro las manos.
—Y Mateo se morirá por ti —añade ella, con esa sonrisa que siempre promete problemas.
Suelto una risa amarga.
—La última vez que intenté besarlo me rechazó. Me dijo que soy una niña.
El silencio se hace denso un segundo. Leah frunce el ceño, pero luego se encoge de hombros.
—Eso fue hace meses. Has cambiado y él… bueno. Ya verás.
Me tumbo de lado, mirando el techo. Fuera, Londres está gris. Dentro, solo queda el sonido de la lluvia contra la ventana y el latido demasiado rápido de mi corazón.
—¿Crees que esta vez…? —empiezo.
Leah no me deja terminar. Me lanza otra almohada, más suave.
—Deja de pensar tanto. Cumpleaños. Mateo. Y yo estaré ahí para ver cómo se te cae la baba otra vez.
Me levanté de la cama con un suspiro y me dirigí al armario. Leah ya se estaba abrochando la blusa blanca del uniforme, el pliegue de la falda perfectamente alineado. Yo hice lo mismo: camisa, falda a cuadros, corbata del colegio. Todo en orden. Desayuno y después a clase. Otra mañana más en este maldito internado.
Pasé frente al espejo de cuerpo entero y me detuve.
Hoy mis pechos se veían… más grandes. Llenos. Uno de esos días en los que la espalda me dolía un poco y el sujetador apretaba más de lo normal. Miré mi reflejo de arriba abajo. La cintura marcada, las caderas, el pecho que se asomaba bajo la tela blanca… Parecía de dieciocho.
Leah se quedó mirándome desde atrás, todavía atándose el pelo pelirrojo en una coleta alta. Su expresión se torció en una mueca de genuina envidia.
—Qué maldita envidia te tengo…
Solté una risa suave y me giré hacia ella, ajustándome la corbata.
—Calma, condorita… —le dije, guiñándole un ojo—. No todo el mundo puede tener este drama vertebral a las siete de la mañana.
Leah resopló, pero sonrió.
—Drama vertebral, dice. Mientras yo sigo plana como una tabla y tú pareces que acabas de salir de una revista. Es injusto.
Me acerqué y le di un suave codazo en el hombro.
—Y sin embargo eres tú la que siempre termina robándome los chicos en las fiestas del colegio. Así que cállate y vamos a desayunar antes de que se acabe el pan tostado.
Bajamos las escaleras juntas y entramos en la cafetería. El olor a café recién hecho, tostadas y fruta fresca llenaba el aire. Ya había un par de estudiantes sentados en las mesas largas de madera oscura, hablando en voz baja mientras comían.
El internado era unisex. Hombres y mujeres compartían los mismos pasillos, las mismas aulas y, por supuesto, la misma cafetería. La mayoría eran herederos de grandes fortunas o llevaban títulos nobiliarios detrás del apellido. Hijos de condes, de barones, de empresarios millonarios… gente acostumbrada a que el mundo girara a su alrededor desde que nacieron.
Leah y yo cogimos nuestras bandejas y nos acercamos a la línea de comida. Yo me serví un café con leche, una tostada con mermelada y un yogur. Ella, como siempre, llenó el plato de fruta y un bol de avena.
Mientras buscábamos mesa, noté algunas miradas. No era la primera vez. El uniforme marcaba la silueta más de lo que me gustaría admitir, y hoy… bueno, hoy se notaba especialmente. Una chica de nuestro año me dedicó una sonrisa educada. Un chico de último curso, hijo de algún banquero suizo, me miró un segundo de más antes de volver a su conversación.
Leah me dio un codazo suave.
—Ya empezó el desfile —susurró, divertida—. Y ni siquiera hemos llegado a las ocho.
Me senté frente a ella, dejando la bandeja sobre la mesa.
Después del desayuno nos separamos en el pasillo. Leah se fue hacia el ala de Historia del Arte y yo caminé en dirección contraria, hacia mis casilleros. El pasillo todavía olía a café y a madera vieja.
Abrí la puerta de metal y, como siempre, varios libros se vinieron abajo de golpe. Suspiré, agachándome para recogerlos uno por uno.
—Qué hermosas piernas…
El murmullo llegó justo detrás de mí. Me giré de inmediato.
Alessio Ravenscroft estaba ahí, apoyado contra el casillero de al lado, con esa sonrisa ladeada que tanto odiaba. Cabello oscuro, casi n***o, peinado hacia atrás con esa precisión molesta. Ojos negros que parecían siempre evaluar. A su lado, dos de sus eternos secuaces.
Él se creía la última coca del desierto. Futuro duque. Heredero de no sé cuántas tierras y de un ego todavía más grande.
—Déjame en paz —le dije, recogiendo el último libro y enderezándome.
Alessio soltó una risa corta, casi burlona.
—Relájate, Alma. Nosotros solo vemos lo que tenemos delante. Y, sinceramente… somos bastante amables contigo.
Uno de sus amigos le dio un codazo, riéndose.
—Díselo, Alex…
Alessio inclinó un poco la cabeza, mirándome de arriba abajo sin ningún disimulo.
—Mis amigos y yo quisiéramos…
Me quedé quieta, sintiendo cómo se me tensaba la mandíbula. El tono era más grosero de lo habitual. Más directo. Como si el hecho de que yo no llevara un título delante del apellido les diera permiso para cruzar líneas.
Cerré el casillero con fuerza.
Me quedé quieta un segundo, mirándolo de frente.
—¿Qué mierda quieren? —pregunté, sin suavizar el tono.
Alessio sonrió más ancho, como si mi enfado le divirtiera.
—Ya sabes cómo son las demás chicas aquí… puritanas y conservadoras. Pero tú eres diferente, Alma. Nos conocemos hace rato.
Me reí. Una risa corta, seca, casi peligrosa. Di un paso hacia él, lo suficiente para invadir su espacio. Él no se movió. Al contrario, pareció disfrutarlo.
—Claro… —dije despacio—. Piensas que soy fácil y que puedo divertirte a ti y a tus amigos.
Alcé una ceja, sosteniéndole la mirada.
—Cierra los ojos y te daré una sorpresa.
El muy idiota lo hizo. Cerró los ojos como un niño esperando un regalo.
Me acerqué un poco más, hasta que mi voz quedó justo junto a su oído.
—Mi papá no es conde —susurré—. Te recordaré su oficio…
Y entonces le pegué una patada seca y precisa en la entrepierna.
Alessio se dobló hacia adelante con un quejido ahogado, llevándose ambas manos a la zona. Sus dos amigos soltaron una carcajada al instante, uno de ellos incluso silbó.
Yo me aparté, recogí mi mochila del suelo y me acomodé la falda con calma.
—La próxima vez que me hables de esa forma —dije mientras pasaba junto a ellos—, recuerda que el futbolista número uno de México no cría a una hija que se deje pisotear por un futuro duque de pacotilla.
Alessio se recuperó lo suficiente como para enderezar el cuerpo. El rostro se le había puesto rojo de rabia y de dolor. Antes de que pudiera dar un paso más, me agarró del brazo con fuerza, tirando de mí hacia él.
—Suéltame —gruñí, intentando zafarme.
No lo hizo.
—Si yo fuera tú, quitaría las manos…
La voz llegó desde el pasillo, calmada, pero con un filo que no se podía ignorar.
Me giré.
Harry Whitmore estaba de pie a pocos metros, las manos metidas en los bolsillos del pantalón del uniforme. Cabello oscuro, un poco más largo de lo reglamentario, y esos ojos azules casi verdes que parecían verlo todo sin esfuerzo. No sonreía. Solo miraba la mano de Alessio sobre mi brazo como si estuviera evaluando cuánto le costaría romperla.
Alessio no soltó del todo, pero su agarre se aflojó un milímetro.
—Whitmore, esto no es tu asunto —escupió.
Harry dio un paso más cerca. La diferencia de altura no era mucha, pero la forma en que se movía hacía que el pasillo pareciera más pequeño.
—Será asunto de mi padrino —dijo con voz baja y clara— que tú y estos idiotas están molestando a su sobrina favorita.
El silencio que siguió fue denso. Los dos amigos de Alessio dejaron de reírse de golpe. Uno incluso dio un paso atrás.
Yo sentí cómo el agarre de Alessio desaparecía por completo. Me froté el brazo, sin apartar la vista de Harry.
Alessio bufó, todavía rojo de humillación. Al pasar junto a Harry le golpeó el hombro con fuerza, lo suficiente para que el impacto se oyera. Harry ni se inmutó. Solo giró ligeramente la cabeza y dijo, con una calma casi aburrida:
—Cuando quieras, Ravenscroft.
Alessio no contestó. Se alejó por el pasillo con sus dos amigos siguiéndolo en silencio, como si de pronto hubieran recordado que tenían clase en el otro extremo del edificio.
Me quedé sola con Harry. Me ajusté la manga del uniforme donde todavía me ardía un poco el agarre de Alessio y lo miré de frente.
—No necesitaba tu ayuda.
Él alzó una ceja, esa media sonrisa torcida apareciendo por fin.
—Sí. Estabas perfectamente a punto de ser manoseada por esos tres.
Resoplé y crucé los brazos.
—Alessio es un idiota —dije, soltando una risa corta—. Te apostaría a que ve unas tetas y se desmaya. Solo se hace el machito cuando está rodeado de esos dos payasos.
Harry soltó una risa baja por la nariz, negando con la cabeza.
—Eso no lo dudo. Aun así… —me miró un segundo más de la cuenta—, no está de más que alguien le recuerde de vez en cuando que no puede ir por ahí tocando lo que no es suyo.
Me encogí de hombros, fingiendo más indiferencia de la que sentía.
—Pues gracias, supongo. Aunque la próxima vez déjame partirle yo la entrepierna del todo.
Él sonrió de lado, ya dándose la vuelta para seguir su camino.
—Trato hecho, Style. Pero intenta no hacerlo delante de todo el pasillo. El director se pone pesado con esas cosas.
Me quedé mirándolo mientras se alejaba.
—¿Irás a mi cumpleaños?
Harry se giró, esa media sonrisa en la cara.
—Nuestro cumpleaños. ¿De verdad crees que me perdería el banquete de mi padre?
Sonreí, fingiendo inocencia.
—Te dejaría bailar conmigo.
Él dio un paso hacia mí, mirándome de cerca.
—Solo si me lo pides bien.
Me encogí de hombros, haciéndome la tonta.
—No te ilusiones. Solo te invito porque eres el primo de Leah.
—Como digas, Style, aunque no tienes que ocultar que te mueres por mí como todas y no porque soy Conde sino porque soy irresistible..
—Sueñas Harry.