El avión privado descendió sobre la isla como si el mar lo estuviera esperando. Abby seguía desnuda, sentada ahora en el asiento de cuero blanco, con los brazos cruzados sobre el pecho, intentando cubrirse sin lograrlo. Sentía los latidos en la garganta. No era frío; era vergüenza. Exposición. Vulnerabilidad disfrazada de orden. Evan la observaba con calma desde el asiento de enfrente. Esa mirada segura, dueña de sí, como si el mundo siempre se acomodara a su paso. No se apresuró a darle ropa. No se movió para cubrirla. Solo dejó que la incomodidad respirara entre los dos. Cuando el avión se detuvo y la puerta se abrió, el personal esperaba afuera. Dos mujeres, tres hombres. Uniformes impecables. Postura recta. Profesionalismo absoluto. —Vamos —dijo Evan, poniéndose de pie. Ella tragó

