El ambiente del restaurante seguía siendo una mezcla de fragancia a vino caro, luz ámbar y murmullos controlados. Abby intentaba concentrarse en la vista del río, en el brillo tenue que devolvía el agua, en cualquier cosa que no fuera la sensación de estar desnuda bajo el vestido. Literalmente. Evan no había dejado de mirarla desde que volvió del baño obedeciendo su orden. Ella todavía sentía el temblor en los muslos, un temblor que no tenía nada que ver con el frío. —Estás nerviosa —murmuró él, apenas moviendo los labios. —No —mintió ella, clavando los ojos en el plato. —Mentir no te queda bien, Abby. Ella tragó saliva. Y ahí lo sintió: su mano deslizándose por su rodilla, lenta, intencional, como si tuviera todo el tiempo del mundo. Abby respiró hondo y apretó las manos sobre la me

