El amanecer llegó sin avisar, y lo primero que Abby sintió fue la frialdad de la sábana a su lado. El espacio donde Evan había dormido estaba vacío, y esa ausencia le cayó encima como un peso extraño, tanto que se sintió rara y nada tenía que ver con la sensación entre sus piernas. Se removió bajo las cobijas, con el cuerpo sensible, como si cada parte de su piel recordara lo que había pasado en la madrugada. Se llevó una mano al cuello, palpando la zona con cautela. Lo que encontró la hizo contener el aire: marcas. Al incorporarse, caminó hacia el baño casi a tientas, con el corazón golpeándole las costillas. Frente al espejo, la imagen le devolvió la verdad. Había huellas de él en su piel, enrojecidas, ardientes, como si no quisieran desvanecerse jamás. Sobre la clavícula, en la curva d

