Abby abrió nuevamente los ojos cuando sintió los labios de Evan rozando su hombro. —Buenos días, preciosa —murmuró contra su piel, la voz todavía ronca de sueño. —Buenos días —respondió ella, girándose un poco para mirarlo. Evan la besó despacio, un beso largo y cálido que le hizo sentir mariposas en el estómago. Cuando se separó, sonrió de verdad, no con esa sonrisa oscura de siempre, sino con una sonrisa más suave, casi dulce. —Hoy quiero que desayunemos juntos —dijo—. Puedes ponerte una de mis camisas. Nada más. Abby parpadeó, sorprendida. Era la primera vez que le permitía usar ropa desde que habían viajado allí, aunque fuera solo una camisa de él. Se levantó y eligió una camisa blanca de lino, amplia, que le llegaba a medio muslo. Olía a él: madera, cítrico y un toque de su piel

