Evan regresó del baño con la toalla húmeda en la mano. Sus movimientos eran precisos, cada gesto parecía medido, desde cómo se secaba hasta cómo limpiaba sus manos. Abby lo observaba, todavía con el corazón latiéndole a mil, un recuerdo del encuentro anterior que todavía recorría cada fibra de su cuerpo. —Vamos a comprar ropa —dijo él con esa voz grave, firme, que no dejaba espacio para discusiones—. Esta noche cenaremos fuera y quiero que estés perfecta. Abby frunció ligeramente el ceño, con los pensamientos revueltos. —No es necesario… —murmuró, algo tímida—. Mi ropa está bien. —No discutas —replicó él, seco—. Esta noche cenaremos fuera y quiero que estés impecable. Ella asintió, aunque una parte de ella se encogió. Ir de compras nunca había sido fácil: dependientas condescendientes,

