La semana resultó pasar terroríficamente rápido, la gripe que tenía ni siquiera se había ido, cuando ya habíamos llegado al viernes y me estaba aprontando para mi boda. Ayer las chicas habían planeado una mini fiesta sorpresa, para despedir mi soltería y la había pasado muy bien, a pesar de los nervios claro está. En este momento estaban terminando de arreglar el tocado de mi pelo, eran las siete con treinta de la tarde y en tan solo unos treinta minutos más, me convertiría en la esposa de Tony, el hombre al cual había amado desde que era tan solo una cría de catorce años, la sonrisa no se me salía de los labios, mientras me mensajeaba con Max, quien bromeaba con venir completamente de rojo a mi boda y yo le contestaba que no era necesario, que se pusiera el esmoquin verde para darme

