Leah: Tenía en este momento mi arma secreta. Una taza de café en mi mano derecha y el sobre en la mano izquierda. Estaba todo listo y no había nadie en la sala de descanso, así que podía llevar a cabo mi travesura, pero el miedo me hacía detenerme. De repente una voz en mi cabeza me reprendió, “¡Hazlo! ¡Se lo merece! Mira todo lo que te ha hecho sufrir”. Cerré mis ojos y me repetí también, que esto lo hacía por el bien común. Estando de acuerdo con mi razonamiento, asentí y respiré profundo. Sin remordimientos, vacié el contenido en la taza y el laxante se mezcló con el café. Con manos temblorosas, llevé la bebida en una bandeja y me dirigí al ascensor más cercano; rumbo hacía a la oficina de ese monstruo, como muchos lo llamaban por su asquerosa actitud. Una vez llegué a su puerta c
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