Capítulo 09: Ecos entre cenizas

1101 Words
La ciudad no ardía, pero el sistema sí. Tras las filtraciones, Berlín se convirtió en una olla de presión. Políticos renunciaban, fiscales se atrincheraban en sus despachos, y los medios buscaban desesperadamente a la fuente de los documentos. Nadie sabía con certeza de dónde provenía la verdad. Pero Lena sí lo sabía. Y sabía también que su anonimato tenía fecha de caducidad. En Leipzig, su refugio temporal se volvía cada vez más frágil. El silencio del lugar era un cuchillo constante. Apenas comía. Apenas dormía. Su única compañía era la carpeta abierta sobre la mesa: la lista. Cada noche la releía. Cada noche confirmaba que no había cometido un error. Pero la soledad comenzaba a pesar más que la culpa. Un día recibió una carta. Papel real, letra manuscrita, sin remitente. La abrió con manos temblorosas. Decía: "Tu madre sigue viva. Pero no por mucho tiempo. Si quieres verla, si quieres que sepa la verdad, ven a Dresde. Túnel 12. Medianoche. Sola." Era una trampa. Lo sabía. Pero también sabía que no podía ignorarla. Se preparó sin dramatismo. Pistola oculta. Chaleco bajo la chaqueta. Un pequeño transmisor escondido en el zapato, en caso de necesitar enviar su ubicación. No tenía a quién más avisar. Jürgen había desaparecido desde la noche del incendio. El contacto con Brenner era imposible. Estaba sola. Por completo. Llegó a Dresde con las últimas luces del día. El Túnel 12 era una antigua vía ferroviaria abandonada. Lena bajó por las escaleras de concreto con el corazón acelerado. El túnel olía a óxido, a humedad, a sangre antigua. No había luz, salvo una lámpara portátil al fondo. Allí estaba. Su madre. Más delgada. Más envejecida. Con los ojos aún vivos, pero apagados de tanto esperar. —Mamá… —susurró Lena, con la voz quebrada. La mujer sonrió. Lloró. Se abrazaron. El momento fue real, breve y eterno a la vez. Pero luego… Un disparo. Lena cayó al suelo, arrastró a su madre tras unas columnas. Desde la entrada del túnel, hombres armados abrían fuego. Había sido una emboscada. Su madre no hablaba. Solo lloraba. Lena disparaba de vuelta, pero eran muchos. En medio del tiroteo, una figura emergió entre el humo. Jürgen. —¡Corre! —gritó, cubriéndolas—. ¡Por aquí! Escaparon por una salida de mantenimiento. Jürgen los guió hasta un viejo coche y condujo a toda velocidad. En la parte trasera, Lena sostenía la mano de su madre, que no dejaba de repetir su nombre como si fuera un rezo. Llegaron a una casa segura. Jürgen explicó: —Intercepté la carta. Supe que vendrías igual. No podías no hacerlo. Lena no habló. Solo lo abrazó. Por primera vez sin rabia. Sin miedo. Al día siguiente, su madre partió con una nueva identidad. Un nuevo país. Una segunda oportunidad. Lena no fue con ella. No podía. —Mi guerra aún no termina —le dijo. Su madre asintió. Y se fue. Lena y Jürgen regresaron a Leipzig. Pero todo había cambiado. Ahora no eran solo fugitivos. Eran testigos. Eran piezas incómodas de una verdad que empezaba a hundir a Alemania. Y mientras el mundo buscaba culpables, Lena hacía su lista. No de enemigos. De los que aún quedaban por derribar. El silencio de Leipzig se rompió con un mensaje. Un correo cifrado, enviado desde un servidor ruso. Contenía una sola imagen: un rostro. Uwe Kranz, exdirector de una agencia de inteligencia, desaparecido hacía tres años y dado por muerto. En el pie de foto, una frase: "El verdadero titiritero aún respira." Lena cerró el portátil. Jürgen la observaba desde el umbral de la puerta, con los brazos cruzados. —¿Vas a perseguirlo? —preguntó. —No. Voy a terminarlo. Desde su regreso, Lena no había disparado un solo tiro. Había vivido días de planificación, noches de análisis, memorias rotas en cada esquina de su mente. Pero con el nombre de Uwe Kranz, todo volvió. El fuego. El odio. La determinación. Kranz había sido el hombre que organizó los pactos iniciales entre la mafia y el Estado. Su desaparición fue una puesta en escena. Un truco para operar desde las sombras. Si alguien aún manejaba los hilos, era él. Lena y Jürgen se dividieron el trabajo. Ella buscaría rastros digitales. Él investigaría a los antiguos socios de Kranz. Leipzig se convirtió en su base de operaciones. En el nuevo cuartel general de una guerra no declarada. Tres semanas después, Lena encontró un rastro: una transferencia de fondos desde una cuenta en Zurich a una empresa fantasma en Bremen. La empresa era fachada. El inmueble registrado, un edificio industrial a las afueras. Fueron de noche. Armados. En silencio. La estructura estaba vacía. O eso parecía. Hasta que escucharon la voz. —Sabía que vendrías, Lena. Kranz emergió desde un ascensor oculto en el suelo. Solo. Desarmado. Con el mismo rostro frío de las fotos antiguas, pero con una voz más cansada. —Estás viva —dijo Lena. —Y tú también. Eso es lo que nos convierte en excepciones. Jürgen apuntó. Lena alzó la mano. —Déjame hablar. Kranz no pidió piedad. Se sentó. Sacó un cigarro. Lo encendió. —Todo esto empezó antes de ti. Antes de Dieter. Antes de Greta. No éramos criminales. Éramos gestores de estabilidad. El Estado necesitaba limpieza, y nosotros éramos los barrenderos. —¿Y cuántos murieron para mantener esa limpieza? —preguntó Lena. Kranz no respondió. Exhaló el humo lentamente. —¿Qué vas a hacer, Lena? ¿Matarme y dejar que otros ocupen mi lugar? ¿O tomarlo tú? La pregunta se clavó en el aire como una cuchilla. Jürgen apretó la mandíbula. Lena bajó el arma. —Ya elegí. No quiero el trono. Quiero que el castillo arda. Le colocaron una cámara. Grabaron su confesión. Kranz habló durante horas. Nombres. Cargos. Pactos. Amenazas. Todo quedó registrado. Al amanecer, lo entregaron a Brenner. El exfiscal había salido del exilio. Había reunido un pequeño grupo de leales. Lena lo admiró por su obstinación. Pero también lo temía. Sabía que incluso la justicia podía corromperse si no se la vigilaba. La confesión de Kranz fue la chispa que encendió el incendio. Berlín estalló. Procesos judiciales. Arrestos. Renuncias. Protestas. Lena y Jürgen no podían volver. Pero tampoco querían huir. Se instalaron en una casa en el campo. Rodeados de silencio, pero no de paz. —¿Y ahora qué? —preguntó él una noche. —Ahora vemos si las ruinas dejan espacio para algo nuevo. Pero Lena sabía la verdad. La guerra no había terminado. Solo había cambiado de rostro. Y el próximo enemigo… podría ser uno que aún no conocía.
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