La mañana siguiente a la muerte de Greta trajo consigo un silencio denso, como si la ciudad entera se negara a respirar. La lluvia cesó, pero las calles aún olían a humedad, a óxido, a secretos fermentados bajo el asfalto. Lena caminaba por los pasillos de la mansión como si flotara. Había cruzado una línea invisible. Sabía que nada volvería a ser lo mismo.
Dieter no mencionó a Greta. No preguntó por los documentos. No cuestionó la desaparición. Pero Lena lo vio diferente. Algo en su mirada había cambiado. Como si supiera más de lo que decía. Como si esperara que el siguiente movimiento ya estuviera en marcha.
Esa misma tarde, durante una reunión con los jefes regionales, llegó la noticia: habían interceptado una llamada desde una comisaría en Tiergarten. Un informante anónimo había mencionado a Lena por nombre. Detalles, fechas, nombres. Una traición desde dentro.
El rostro de Dieter no se inmutó. Solo giró lentamente hacia Lena y dijo:
—Averigua quién fue. Y haz lo que tengas que hacer.
La orden fue clara. Y ella obedeció.
Lena se dirigió al distrito, al lugar de la llamada. Usó sus propios contactos para obtener grabaciones, revisar entradas y salidas. Lo que encontró la destrozó: la voz era de Greta. Una llamada realizada dos días antes de morir. Una grabación programada para liberarse automáticamente si ella desaparecía.
Pero lo que Lena no esperaba era lo que vino después: una segunda grabación. En ella, Greta hablaba con alguien más. Una mujer. La reconoció de inmediato: Greta hablaba con su madre.
Durante años, Lena había creído que su madre estaba muerta. Así se lo habían hecho creer. Así lo había llorado. Pero allí estaba su voz. Su nombre. Su promesa.
"Protégela, Greta. Haz lo que yo no pude."
El mundo se detuvo.
Lena volvió a casa sin saber quién era. Sin saber a quién odiar. Sin saber en qué bando estaba. Pero algo era seguro: ya no podía seguir caminando entre sombras sin quemarse.
Jürgen fue quien la encontró sentada frente al fuego, con la grabación en la mano. No dijo nada. Solo se sentó a su lado.
—Ella está viva —susurró Lena.
—¿Estás segura?
—Tan segura como de que este mundo no nos permitirá buscarla.
Dieter irrumpió en la habitación como una tempestad. Había escuchado la grabación. Su expresión no era de sorpresa. Era de resignación.
—Te dije que el pasado no se perdona —dijo.
Lena se puso de pie.
—¿Qué hiciste con ella?
—La dejé vivir. A cambio de tu silencio.
Entonces todo tuvo sentido. Su secuestro. El silencio de su padre. La desaparición de su madre. Dieter había comprado su lealtad con vidas. Con ausencias.
—Y ahora —añadió él—, es hora de que elijas. O terminas lo que empezaste, o acabas como Greta.
Esa noche, Lena se reunió con Jürgen por última vez.
—Te vas —dijo ella.
—No sin ti.
—Sí. Sin mí. Alguien tiene que quedarse.
—¿Para qué?
—Para destruirlo desde dentro. De verdad.
Jürgen la abrazó. Fue un adiós sin palabras. Al amanecer, ya no estaba.
Lena volvió a su habitación. Quemó la grabación. Y con ella, lo poco que quedaba de esperanza. Se vistió con el traje n***o de operaciones. Revisó su pistola. Miró al espejo y no reconoció su reflejo.
Ese día, un nuevo operativo comenzaba. Uno que costaría muchas vidas. Uno que sellaría su destino.
Y ella sería su artífice.
El operativo comenzó al amanecer. Lena, vestida de n***o, con un chaleco antibalas ajustado al cuerpo y una pistola en cada cadera, caminaba hacia la camioneta blindada sin decir una palabra. Sus ojos estaban fijos en el horizonte, pero su mente regresaba, una y otra vez, a la grabación de su madre. A la voz rota de Greta. A la certeza de que su destino estaba trazado desde mucho antes de que pudiera elegirlo.
El objetivo era una casa de seguridad en Spandau. Se creía que varios desertores, antiguos hombres de confianza de Anselm y Viktor, habían establecido allí un pequeño núcleo armado. Dieter quería aplastarlos. Lena... necesitaba hacerlo. Por respeto a Greta. Por venganza. Por sí misma.
El trayecto fue silencioso. Jürgen no estaba. Sus lugares habían sido ocupados por hombres nuevos, eficientes, leales por miedo. Lena era ahora una figura de poder, y al mismo tiempo, un enigma. Nadie sabía en qué bando estaba. Solo que era peligrosa. Y eso bastaba.
Al llegar, desplegaron la operación con precisión militar. Rodearon el perímetro, bloquearon las salidas, cortaron la electricidad. Lena lideraba el grupo del flanco norte. Avanzaban entre los arbustos húmedos, comunicándose solo con señales.
Cuando irrumpieron por la entrada trasera, el caos estalló. Disparos. Gritos. Explosiones. Lena se movía como una sombra, disparando con precisión, esquivando escombros, gritando órdenes que eran obedecidas sin objeción.
En una habitación del segundo piso, encontró al primero de los desertores. Un hombre joven, apenas mayor de edad. Temblaba con un arma en las manos.
—¡No dispares! —suplicó.
Lena apuntó.
—¿Sabías quién era Greta Bauer?
—Yo... solo seguía órdenes.
Ella no dudó. Apretó el gatillo. El disparo sonó seco, definitivo.
Fue su primer asesinato consciente. No en defensa propia. No en un combate. Una ejecución. Un juicio sin tribunal. Y cuando el cuerpo cayó, Lena no sintió remordimiento. Sintió... alivio.
El operativo terminó con ocho muertos, cuatro prisioneros. Dieter la recibió esa noche con una copa de whisky y una sonrisa torcida.
—Te dije que lo tenías dentro. Solo hacía falta encontrar el momento.
Lena no respondió. No bebió. Solo lo miró con frialdad. Porque algo se había quebrado. Y no había marcha atrás.
En su habitación, se lavó las manos. Las frotó hasta que quedaron rojas. El agua corría, pero la sangre no se iba. No la visible, al menos.
Un mensaje la esperaba en su escritorio. Un sobre sin remitente. Dentro, una sola fotografía: su madre. De pie frente a una casa en las afueras de Praga. Al dorso, una dirección. Y una palabra:
"Corre."
Lena miró la foto durante horas. Sabía que era una trampa. Que Dieter la vigilaba. Que cada paso en falso sería su último. Pero también sabía algo más profundo, más oscuro: ya no podía huir. No ahora. No cuando por fin comprendía lo que era ser parte de ese mundo.
Esa noche, escribió una carta. No la firmó. No la selló. Solo la guardó bajo el colchón, como una cápsula del tiempo. En ella decía:
"Si alguien encuentra esto, sepan que fui muchas cosas. Pero no fui cobarde."
Al día siguiente, una nueva misión esperaba. Y Lena, por primera vez, no dudó en caminar hacia el fuego.