Capítulo 1: El rapto de Lena

1163 Words
El frío de Berlín calaba hasta los huesos. Lena Weber se encogió dentro de su abrigo mientras caminaba por la desierta calle de Kreuzberg, donde los grafitis y las luces parpadeantes de los bares le daban un aire inquietante al barrio. Era tarde. Mucho más tarde de lo que su madre hubiera querido. Pero a sus 22 años, Lena se sentía dueña de su libertad, dueña de su vida, hasta que esa noche todo cambió. Al doblar la esquina, sintió que algo no iba bien. El ruido de pasos detrás de ella hizo que su corazón se acelerara. Antes de poder girarse, una mano enguantada le cubrió la boca, mientras otra la sujetaba por la cintura. Un grito ahogado murió en su garganta. El miedo se apoderó de sus piernas cuando fue arrastrada a un callejón oscuro, donde una camioneta negra esperaba. Con brutal eficiencia, tres hombres la metieron dentro. El mundo de Lena Weber se apagó. Despertó horas después en un cuarto lúgubre. Las paredes eran de cemento, sin ventanas. Atada a una silla, sintió el dolor en las muñecas, la boca seca, la mente nublada. Al abrir los ojos, vio a un hombre sentado frente a ella: Dieter Stahl. Alto, cabello rubio oscuro, mirada de acero, un rostro que parecía esculpido en mármol. No sonreía. No mostraba emoción. Solo la observaba. "¿Sabes quién soy?" preguntó con una voz grave, lenta. Lena negó con la cabeza, temblando. "Tu padre, Martin Weber, nos debe dinero. Mucho dinero. Pensó que podía huir. Pensó que podía esconderse. Pero olvidó que en Alemania, nada escapa a la familia Stahl." Lena apenas podía entender las palabras. El miedo era un zumbido constante en su cabeza. "Por favor... suéltenme... no tengo nada que ver..." Dieter se levantó lentamente, caminando a su alrededor como un depredador. "Siempre dicen eso. No importa. Ahora eres nuestra moneda de cambio." La puerta se abrió bruscamente, y entró otro hombre: Anselm Krüger. Más bajo que Dieter, robusto, con una cicatriz que cruzaba su ceja izquierda. Sonrió al ver a Lena, una sonrisa torcida, cruel. "Vaya, vaya... ¿es esta la hija del deudor? Mucho más bonita de lo que me imaginaba." Lena sintió un escalofrío recorrerle la espalda. Anselm se acercó demasiado, rozando un dedo por su mejilla. Dieter lo detuvo con una mirada fría. "No toques lo que no es tuyo." El aire entre ellos se tensó. Anselm chasqueó la lengua y se alejó, pero Lena comprendió que ese hombre sería un peligro aún mayor. Las horas pasaron lentamente. Lena, rota de miedo y cansancio, escuchó fragmentos de conversación: su padre no pagaría, la deuda se acumularía, y ella era la garantía. Al caer la noche, Dieter volvió a entrar al cuarto. Esta vez llevaba un vaso de agua y una manta. Se agachó frente a ella y, por primera vez, Lena vio algo humano en sus ojos. "Si cooperas, no tendrás que sufrir innecesariamente." Su voz seguía siendo dura, pero contenía un matiz de... ¿cuidado? Lena no sabía si confiar en él, pero era su único contacto humano en ese infierno. "Por favor... ¿por qué yo?" Dieter respiró hondo. "Porque, Lena, en este mundo todos pagamos el precio de los pecados de otros. Incluso tú." Aquella noche, mientras la oscuridad llenaba la habitación, Lena sintió por primera vez el verdadero peso del miedo. Y lo que no sabía era que aquel hombre frío, distante, sería no solo su captor, sino también la única persona capaz de encender en su corazón un fuego peligroso, devastador. El principio de una historia donde el amor y el dolor se entrelazarían de formas que ella nunca imaginó. En la sede de la mafia Stahl, los hilos del destino comenzaban a tejerse. Y Lena Weber, la joven que solo quería volver a casa, estaba a punto de convertirse en el centro de un juego letal de poder, pasión y muerte. Lena no había pegado ojo. Las horas se le escapaban entre el frío del sótano, los ruidos lejanos de voces masculinas, risas, gritos, portazos. Atada a la silla, apenas podía mover los brazos, y cada vez que intentaba hacerlo, las cuerdas le quemaban la piel. El miedo no la dejaba pensar. No sabía si su padre pagaría, si alguien la buscaba, si sobreviviría la noche. De repente, la puerta se abrió con violencia. Anselm Krüger apareció, con esa sonrisa torcida que ya se había convertido en su pesadilla. "¿Cómo está nuestra princesa?" preguntó, acercándose con pasos lentos y pesados. Lena sintió cómo su corazón latía tan rápido que creyó que se le iba a salir del pecho. Anselm la rodeó, oliendo su cabello, murmurando palabras en voz baja. Ella giró la cabeza, intentando escapar de su cercanía. Antes de que pudiera hacer nada, Dieter entró en la habitación. "¡Fuera!" ordenó con voz de acero. Anselm lo miró con rabia contenida. "No puedes protegerla siempre, Dieter." Pero obedeció, cerrando la puerta tras de sí. Dieter se acercó a Lena, le soltó las manos con cuidado. "Ven." Lena se encogió, pero sus piernas apenas podían sostenerla. Él la ayudó a ponerse de pie. "Te daré algo de comida. No me interesa matarte de hambre." Lena, temblando, lo siguió. Cruzaron pasillos llenos de hombres armados, habitaciones con cajas, armas, dinero. Lena no podía creer lo que veía: estaba en el corazón de la mafia alemana. En una pequeña sala, Dieter le sirvió pan, sopa caliente, un poco de agua. Lena lo devoró, desesperada. Él se sentó frente a ella, observándola en silencio. "Tienes suerte, Lena. A Anselm le gustan las presas fáciles. Pero tú..." Dieter ladeó la cabeza. "Eres distinta." Lena levantó la vista, aún con lágrimas en los ojos. "¿Por qué me haces esto? ¿Qué he hecho yo para merecerlo?" Dieter se tensó. "Nada. Pero eres el precio." Durante las horas siguientes, Lena comenzó a ver grietas en el hombre que tenía delante. Dieter no era solo un criminal sin corazón. Había algo roto dentro de él, algo que la intrigaba y aterraba al mismo tiempo. Cuando volvió al sótano, ya no era solo miedo lo que sentía, sino también una extraña mezcla de curiosidad y odio. Esa noche, antes de que las luces se apagaran, Lena escuchó a escondidas una conversación detrás de la puerta: "¿Sabes que Jürgen Mayer nos está tendiendo una trampa, Dieter?" dijo Anselm. "Que lo intente. Nadie me arrebata lo que es mío." Lena se encogió al oírlo. ¿Era ella "lo suyo"? ¿En qué juego peligroso había caído? No podía saberlo todavía, pero esa noche, mientras intentaba dormir en un viejo colchón tirado en el suelo, Lena sintió que su vida anterior había quedado atrás para siempre. Mientras tanto, en la oscuridad de la noche berlinesa, Jürgen Mayer afilaba sus planes. Y Lena Weber, aún ignorante del verdadero infierno que se avecinaba, se preparaba, sin saberlo, para convertirse en la mujer que incendiaría los cimientos del imperio Stahl.
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