Capítulo 4: Cadenas invisibles

1943 Words
El metal oxidado de las paredes resonaba con cada paso de los hombres armados. Lena sabía que no tenía salida. El arma que llevaba era inútil contra tantos. Se giró hacia Jürgen, su rostro pálido y sudoroso bajo la tenue luz del almacén. —No voy a dejarte aquí —murmuró, sus dedos tanteando las cadenas. —No seas idiota —respondió él con un suspiro ronco—. Vete. Sálvate. Pero era demasiado tarde. Tres hombres irrumpieron por la entrada lateral. Dos la sujetaron mientras el tercero apuntaba a su cabeza. Lena no forcejeó. Tenía una idea. Y era su única oportunidad. —Llévenme a su jefe —dijo con voz firme. Los hombres dudaron, intercambiaron miradas. Luego asintieron. La arrastraron fuera de la celda, dejándola apenas ver cómo Jürgen caía de rodillas al suelo, exhausto. Las luces del almacén parpadeaban cuando la metieron en un coche oscuro con los vidrios polarizados. No dijo una palabra en el trayecto. Su mente trabajaba a toda velocidad, planeando, evaluando. El lugar al que la llevaron era aún más aislado. Un edificio de ladrillo rojo en las afueras de Berlín. Allí, la esperaba Matthias Grüber. Alto, delgado, con barba perfectamente recortada y un abrigo largo de piel oscura, parecía más un aristócrata que un criminal. Lena lo reconoció al instante. —La famosa Lena Weber —dijo con una sonrisa calculada—. ¿Vienes a ofrecerte como prenda de cambio? Ella no respondió. Solo lo miró. Entonces, él chasqueó los dedos. Uno de sus hombres le trajo un whisky. Matthias lo tomó, girándolo en la copa. —Dime, Lena… ¿por qué vales tanto para Dieter Stahl? ¿Qué eres tú, que él ha perdido a un teniente por ti? ¿Una amante? ¿Una espía? ¿O algo más peligroso? —Soy la única que puede destruirlo desde adentro —respondió Lena. El silencio se volvió espeso. Matthias la estudió como si acabara de escuchar una proposición indecente. Luego sonrió. —Interesante. ¿Y por qué harías algo así? —Porque nadie sobrevive mucho tiempo al lado de Dieter sin sangrar —susurró Lena. A partir de ese momento, comenzó una negociación silenciosa. Matthias no confiaba en ella, pero la consideraba útil. Ordenó que la mantuvieran prisionera, pero cómoda. Lena sabía que su vida dependía de cada palabra que dijera… o callara. Durante los días siguientes, fue interrogada con métodos sutiles. No había tortura física, pero sí psicológica: aislamiento, manipulación, promesas, amenazas veladas. Lena resistía, pero cada día era más difícil. Mientras tanto, en la mansión de los Stahl, Dieter se desmoronaba lentamente. Anselm exigía una represalia inmediata. Quería sangre. Pero Dieter se encerraba por horas, mirando fijamente los mapas, bebiendo más de lo habitual. Sabía que Lena había sido capturada. Y eso lo destruía de una forma que no entendía… o no quería entender. Una noche, Anselm irrumpió en su despacho. —¡Tenemos que actuar! ¿O vas a dejar que te quiten todo, Dieter? —No es todo —respondió Dieter, pero su voz era débil. —¡Es ella! —bramó Anselm—. ¡La chica te ha cegado! ¡Va a destruirnos! —¡Cállate! —gritó Dieter, levantándose de golpe—. ¡No sabes nada! Hubo un largo silencio. Anselm sonrió, torcido. —No, Dieter. Sé más de lo que tú crees. En el refugio de los Grüber, Lena tejía su telaraña. Se ganó la confianza de uno de los guardias, un joven llamado Tobias. Usó verdades mezcladas con mentiras, pequeñas confesiones, una sonrisa ocasional. Tobias comenzó a hablar más de la cuenta. Gracias a él, Lena descubrió que estaban planeando una emboscada definitiva contra los Stahl. La fecha, la hora, los detalles. Y entonces, Lena tomó su decisión. Una noche, mientras Tobias dormía en la silla, Lena robó la llave, salió de la celda y escapó del edificio. Condujo durante horas hasta Berlín, agotada, sucia, pero decidida. Al llegar a la mansión, se encontró con un panorama devastador: varias habitaciones destruidas, sangre en las paredes, el olor a pólvora aún fresco. Dieter apareció desde la oscuridad. Su rostro era una sombra de lo que había sido. Al verla, no dijo nada. Solo la abrazó. Por un instante, el mundo pareció detenerse. —Lo sabía —murmuró él—. Sabía que volverías. Pero Lena no venía por amor. Venía por guerra. Y sabía que ya nada sería igual. Se encerraron en el despacho. Lena le contó todo: la emboscada, el traidor Tobias, la ubicación del próximo golpe. Dieter escuchó en silencio. Luego, por primera vez en mucho tiempo, sonrió. No era una sonrisa de alivio. Era una de guerra. —Bien. Entonces nos adelantaremos. Durante los días siguientes, se organizó el contraataque. Lena participó en cada reunión, cada decisión. Ya no era solo una prisionera o una protegida. Era una estratega. Y en secreto, planeaba algo más. Cada noche, visitaba a Jürgen, oculto en un lugar seguro. Sanaba sus heridas, compartía con él lo que sabía. Jürgen le advirtió: —Dieter no te va a dejar ir. Nunca. Estás más adentro de lo que crees. —Entonces tendré que arrancarme —respondió Lena. Finalmente, llegó el día del enfrentamiento. Una emboscada en un almacén al sur de Berlín. Fuego cruzado. Explosiones. Lena disparó por primera vez a matar. Y acertó. Cuando todo acabó, Matthias Grüber estaba muerto. Tobias, también. Pero con ellos murió otra parte de Lena. Una que ya no volvería. Dieter, cubierto de sangre y ceniza, la miró con algo que se parecía a orgullo. Pero Lena solo sintió vacío. Había ganado una guerra. Pero había perdido el último trozo de inocencia que le quedaba. Y lo peor estaba por venir. La lluvia había empezado a caer con fuerza sobre Berlín, lavando los restos de sangre del enfrentamiento. El almacén donde todo se había consumado ardía aún en la distancia, como una cicatriz en el horizonte. Lena observaba desde la azotea de la mansión, empapada, los brazos cruzados sobre el pecho, sintiendo cómo la tormenta le azotaba el rostro. La guerra contra los Grüber había terminado, pero la suya interna apenas comenzaba. Desde que Matthias había muerto, el silencio se había instalado entre los miembros de la organización. Nadie celebraba. Nadie reía. Todos sabían que el precio había sido demasiado alto. La lealtad se medía ahora con la punta de las balas. Y Lena, sin quererlo, se había convertido en el centro de todo. Dieter la observaba con una mezcla de devoción y peligro. La trataba con una ternura inusual, pero siempre con un matiz de posesión. Lena lo notaba, y aunque en el pasado eso le habría dado algo de seguridad, ahora solo sentía escalofríos. Sabía que en cualquier momento, si sus pensamientos o gestos eran los equivocados, él sería su verdugo. Jürgen, aunque recuperado, permanecía oculto. Su regreso al frente de batalla era imposible. Dieter no confiaba en él, y Lena lo sabía. El reencuentro entre los dos hombres había sido breve, tenso. Miradas cargadas de historias no dichas, de traiciones apenas insinuadas. Lena había sido el puente y la g****a entre ellos. Una mañana, Lena recibió una llamada anónima. Nadie hablaba al otro lado de la línea. Solo un susurro antes de colgar: "Los muertos no siempre descansan". El mensaje era claro. Los Grüber no estaban tan muertos como parecía. O quizás había otro enemigo, más oculto, más profundo, listo para aprovechar el vacío de poder. Lena comenzó a indagar. Revisaba papeles, escuchaba conversaciones detrás de puertas entreabiertas. Empezó a descubrir que Dieter estaba involucrado en algo mucho más grande: una red internacional de tráfico que incluía políticos, policías, e incluso jueces. El infierno tenía múltiples pisos, y Dieter no era el demonio final. Pero cada descubrimiento la hacía más prisionera. Ya no podía marcharse. Sabía demasiado. Y todos sabían que ella sabía. Una noche, mientras compartía una copa con Dieter en su despacho, él le habló con franqueza: —¿Alguna vez pensaste en traicionarme, Lena? Ella lo miró. Su corazón martillaba. Pero no parpadeó. —Todos lo hemos pensado alguna vez. Tú también. Dieter sonrió, lento, oscuro. Luego se acercó y la besó. No fue un beso de amor. Fue una marca. Una advertencia. Días después, Anselm reapareció con una propuesta: quería formar su propio círculo, una escisión dentro de los Stahl. Le ofreció a Lena un lugar privilegiado. Le prometió independencia, poder… y libertad. Pero Lena no confiaba en él. Nunca lo había hecho. Aun así, aceptó reunirse con él, solo para saber más. En la reunión, Anselm le mostró documentos, grabaciones, fotos. Lena entendió que él también sabía demasiado. Que estaba listo para derrocar a Dieter, con o sin su ayuda. Y que si no tomaba partido, sería arrastrada por la corriente. De regreso en la mansión, Lena encontró a Dieter esperándola en su habitación. Había revisado sus movimientos. Sabía dónde había estado. No dijo una palabra. Solo la miró, con esa mirada que la había atraído y repulsado desde el primer día. —¿En qué lado estás, Lena? —preguntó él. Ella no respondió. No podía. Porque no estaba en ningún lado. O estaba en todos. Las siguientes semanas se convirtieron en un baile mortal. Lena se movía entre Dieter y Anselm con precisión calculada. A cada uno le daba retazos de verdad, suficientes para mantener la confianza, pero nunca lo suficiente como para que tuvieran control absoluto sobre ella. En el fondo, sabía que solo podía haber un final. Solo uno de los dos sobreviviría. Y cuando eso sucediera, ella estaría allí, para presenciarlo… o para terminarlo. En medio de esa guerra interna, Jürgen volvió a cruzarse en su camino. Se citaban en secreto, en un viejo parque industrial abandonado. Allí no eran mafiosos ni traidores. Solo dos personas intentando no ahogarse en un mar de mentiras. Hablaron de escapar. De irse lejos. Pero sabían que el pasado los arrastraría donde fueran. Una noche, Jürgen le entregó un pequeño dispositivo USB. —Aquí está todo. Los nombres, los contactos, las rutas. Si esto cae en manos del enemigo, estamos muertos. Si lo usas bien, puedes destruirlos a todos. Lena lo guardó sin decir nada. Pesaba poco en la mano, pero llevaba la carga de todo el infierno en su interior. En la mansión, los hombres de Anselm comenzaron a tomar control de pequeños sectores: almacenes, rutas de tráfico, contactos políticos. Dieter lo notó. Y la furia lo consumía por dentro. —¿Por qué no haces nada? —gritó uno de sus lugartenientes. —Porque el enemigo cree que estoy ciego. Y mientras lo crea… tengo ventaja —respondió Dieter con una calma peligrosa. La noche del ataque llegó. Anselm había preparado un golpe maestro. Usaría un convoy cargado de armas para hacerse con el control del puerto de Hamburgo, clave para el contrabando internacional. Lena se enteró antes de que ocurriera. Tenía el poder de detenerlo. O de dejar que ocurriera. Luchó con la decisión toda la noche. Finalmente, tomó el teléfono. Llamó a Dieter. Le dio la ubicación. La hora exacta. Lo hizo con la voz temblando. Sabía lo que significaba. El asalto fue brutal. Las calles de Hamburgo se convirtieron en un campo de guerra. Anselm cayó. No murió, pero fue capturado. Y con él, cayeron todos sus planes. Dieter, herido, pero intacto, volvió a casa como el amo absoluto. Lena pensó que eso significaría libertad. Pero estaba equivocada. Dieter no la agradeció. Solo le dijo: —Eres mía ahora. Completamente mía. Y Lena supo que había cometido un error más grande que cualquiera anterior. Porque había eliminado a un enemigo. Pero había alimentado a otro mucho más peligroso.
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