El eco de las palabras de Dieter resonaba en la mente de Lena: "Eres mía ahora. Completamente mía". Aquella afirmación no era una declaración romántica. Era una sentencia. Una marca impuesta como las cicatrices invisibles que ahora cubrían su alma. La mansión, antes un laberinto de silencios, ahora se sentía como una prisión revestida de lujo.
Lena pasaba horas encerrada en su habitación, mirando la ciudad a través de los cristales blindados. Berlín no se detenía: la vida continuaba, indiferente al infierno subterráneo que se escondía bajo sus cimientos. Desde lo alto, podía ver las luces de Kreuzberg, los autos que rugían por la autopista, los parques desiertos bajo la lluvia. A veces, se preguntaba cómo habría sido su vida si esa noche del secuestro no hubiera ocurrido.
Dieter, por su parte, se mostraba más posesivo que nunca. Había reforzado su control, no solo sobre Lena, sino sobre toda la organización. Anselm estaba desaparecido; nadie sabía si seguía vivo o si Dieter lo había hecho ejecutar en secreto. Jürgen permanecía oculto, moviéndose entre sombras, con la esperanza de hallar un resquicio de libertad. Y Lena… Lena sobrevivía.
El USB con los datos de la red seguía en su poder. Lo había ocultado en el interior de una vieja caja de música que había pertenecido a su madre. Cada noche lo revisaba, leyendo y releyendo los nombres, las rutas, los documentos escaneados. Era un mapa del infierno, y ella sostenía la llave para desatarlo todo. Pero aún no sabía si debía usarla… o cómo.
Un día, recibió un mensaje escrito a mano. Estaba en su mesita de noche, pese a que su habitación debía estar cerrada con llave.
"Aún tienes una elección. —J"
Jürgen. Él no había desistido. Y Lena tampoco podía hacerlo. Pero la pregunta seguía en el aire: ¿era ella la salvadora… o la siguiente tirana?
Esa misma noche, Lena bajó al salón principal y se encontró con Dieter. Él estaba solo, sirviéndose un coñac, vestido con una camisa negra impecable. Le bastó verla para sonreír, una sonrisa que ya no tenía el mismo efecto en Lena.
—Te ves hermosa cuando piensas en traicionarme —dijo, sin girarse.
Ella no respondió. Se sentó frente a él. Sus ojos buscaron los de Dieter, queriendo encontrar algo humano allí, algo que la convenciera de que aún podía salvarlo… o salvarse.
—¿Dónde está Anselm? —preguntó finalmente.
Dieter bebió. Luego, la miró con calma.
—Donde ya no puede hacer daño. ¿Te preocupa?
Lena negó lentamente. —Solo quiero saber hasta dónde estás dispuesto a llegar.
—Hasta el final —dijo él—. Igual que tú.
El silencio se instaló entre ellos como una sombra. Lena sabía que estaba siendo vigilada. Que cualquier paso mal dado sellaría su destino. Pero también sabía que si no hacía algo pronto, acabaría tan vacía como todos los que la rodeaban.
A la mañana siguiente, escapó. No fue un escape ruidoso. No hubo persecución. Fue simplemente una desaparición planeada con precisión. Ropa neutra, un pasaporte falso, dinero en efectivo. Y el USB.
Se refugió en un hotel en Prenzlauer Berg. Desde allí, contactó a una periodista independiente, conocida por haber expuesto redes criminales en Europa del Este. Le envió un fragmento de los datos, lo suficiente para despertar su interés, no lo suficiente para comprometerla del todo.
La periodista aceptó reunirse con ella. Su nombre era Karla. Pelo corto, mirada dura, voz firme. Le pidió ver las pruebas. Lena las mostró. Karla palideció.
—Si esto es cierto, no es solo una mafia. Es un sistema —murmuró.
—Exactamente —dijo Lena—. Y quiero derribarlo.
Karla pidió tiempo. Quería verificar los datos. Prometió volver a contactarla en 48 horas. Lena asintió, pero sabía que el reloj estaba en su contra. Dieter ya sabría que había desaparecido. La cacería había comenzado.
Esa noche, durmió con un cuchillo bajo la almohada. Soñó con su madre. Con su padre. Con la niña que había sido. Al despertar, el mundo era igual de gris.
Pasaron 36 horas antes de que Karla la contactara de nuevo. Estaba alterada.
—Hay algo más, Lena. Tus datos… uno de los nombres… está vinculado a una fiscal federal. Alguien muy alto en el sistema. Si publicamos esto, no solo atacamos a Dieter. Atacamos al Estado.
—¿Tienes miedo?
—No. Pero tú deberías tenerlo.
La reunión se fijó en secreto. Un café olvidado en las afueras de Potsdam. Lena llegó puntual. Karla no. Esperó una hora. Dos. Finalmente, se fue.
Esa noche, encontró una carta bajo la puerta de su habitación. Solo tenía una frase:
"Karla no hablará más. Tú decides si quieres seguir respirando. —D"
Lena rompió en llanto por primera vez en semanas. No era tristeza. Era rabia. Era impotencia. Era saber que incluso fuera, aún estaba atrapada. Que Dieter era una sombra que no se desvanecía.
Volvió a la mansión. Caminó por sus pasillos como un fantasma. Nadie la detuvo. Nadie se atrevió.
Encontró a Dieter en su despacho. Él la miró y no dijo nada.
—Estoy lista —dijo ella.
—¿Para qué?
—Para ser lo que tú necesitas que sea.
Mentía. Y él lo sabía. Pero aceptó. Porque creía tener el control. Porque pensaba que aún era suya.
Lena sonrió mientras lo abrazaba.
—Hasta el final —susurró.
Pero el final no sería el que él esperaba.
El regreso de Lena a la mansión fue como un presagio. La lluvia había cesado, pero el aire seguía cargado de humedad, como si Berlín contuviera la respiración. Los pasillos estaban más silenciosos que nunca, y hasta los guardias la miraban con algo más que respeto: miedo. Lena ya no era solo "la chica del jefe". Era un enigma. Un fantasma que volvía después de enfrentarse a la muerte.
Dieter había cambiado. La guerra le había cobrado factura. Había oscurecido sus ojos, endurecido sus decisiones, y, al parecer, también su corazón. Ya no hablaba tanto. Sus órdenes llegaban por terceros. Pero con Lena era distinto. Seguía buscándola con la mirada. Seguía esperándola en la oscuridad de su despacho, como un animal herido que solo mostraba los colmillos si ella intentaba marcharse.
Una mañana, Lena bajó a los túneles subterráneos que cruzaban debajo de la propiedad. Pocos sabían de su existencia. Ella los había descubierto durante una de sus noches de insomnio. Eran oscuros, húmedos, plagados de ecos. Pero allí encontraba paz. Y respuestas. Muchos de los secretos de la familia Stahl se escondían allí: armas, documentos, restos del pasado. Las paredes de ladrillo carcomido parecían murmurar historias que nadie había tenido el valor de contar en voz alta.
Fue en ese laberinto donde Lena encontró lo impensado: una celda oculta. En su interior, Anselm. Vivo. Destrozado. Atado de pies y manos, cubierto de heridas. La reconoció al instante.
—Weber... —susurró, con la voz rota—. ¿Vienes a matarme?
Lena no respondió. Se quedó de pie, observando el c*****r emocional en el que se había convertido el hombre que la había aterrorizado desde el primer día. Tenía los ojos hundidos, las mejillas hundidas, pero la lengua aún afilada.
—¿Lo ves? —dijo—. Así termina cualquiera que intenta quitarle el poder a Dieter.
—No —dijo Lena con frialdad—. Así terminan los cobardes.
Se marchó sin mirarlo dos veces. Esa imagen se le quedó grabada. Era el reflejo de lo que ella misma podía llegar a ser. Un recordatorio.
Esa misma noche, Jürgen logró colarse en la mansión. Usó las rutas que Lena había usado antes, los túneles que ambos conocían. Se reunieron en la biblioteca. La tensión era palpable, casi irrespirable.
—No tienes que quedarte —dijo él—. Ya hiciste tu parte.
—¿Y qué parte fue esa? ¿Salvar a un monstruo? ¿Convertirme en otro?
—No. Sobrevivir. Pero aún puedes decidir qué hacer con lo que sabes.
Le entregó una copia de seguridad del USB, oculta en una bala vacía. Lena lo miró largo rato. Sabía lo que significaba.
—¿Estás dispuesto a morir por esto? —preguntó.
—Estoy dispuesto a vivir sin ellos. Lo cual, en este mundo, es casi lo mismo.
Al día siguiente, Dieter anunció una purga. Reunió a sus hombres leales. Lena fue invitada, por primera vez, a sentarse a su derecha. La comida era silenciosa, cargada de tensión. Cada palabra, cada gesto, era observado.
—Esta familia ha sido contaminada —dijo Dieter alzando su copa—. Es hora de limpiar.
Esa noche, tres miembros fueron ejecutados. Uno de ellos, sin juicio, sin prueba, solo por sospecha. Lena miraba todo con el alma desgarrada. Sabía que ella era el arma que él usaba para mantener el control. Su presencia legitimaba la locura. Su silencio la hacía cómplice.
Horas más tarde, encerrada en su cuarto, Lena miró la bala con el USB. Lo deslizó dentro de un sobre. Escribió una dirección en Leipzig. Era su plan de contingencia. Si moría, alguien debía saber la verdad.
Pero esa noche no durmió. Vagó por la mansión vacía, los pasillos resonando con sus pasos. Entró en las habitaciones que había evitado por semanas, observó los retratos, los archivos. Encontró informes médicos, cartas rotas, transcripciones de llamadas. Todo apuntaba a una red aún más oscura, que se extendía mucho más allá de lo que ella había imaginado.
Cuando por fin volvió a su habitación, encontró la puerta abierta. Todo estaba en orden, salvo una cosa: el sobre había desaparecido.
Entró en pánico. Registró todo. Nada. Alguien había estado allí. Alguien sabía.
Corrió hasta el despacho. Dieter estaba allí, solo, con una pistola sobre la mesa.
—¿Lo sabías? —preguntó él sin mirarla—. Que me traicionarías, desde el primer día.
—Desde el primer día quise sobrevivir —respondió Lena—. Lo demás vino solo.
Dieter asintió. No tomó el arma. Solo se levantó y se fue.
Lena se quedó sola. Con el pasado. Con la culpa. Con la última fidelidad que había elegido quebrar.
Y mientras la noche se tragaba la ciudad, Lena comprendía que lo que había bajo tierra no eran solo secretos... eran raíces. Raíces podridas que la sostenían, aunque ella deseara volar.