Como si ocurriera un gran evento, la familia dejó de hablar y hacer lo que hacían al ver a aquella mujer frente a Jimena. —¡Eres un descarado, Pablo! —Jimena lo confrontó tratando de no llorar—. ¿Cómo te atreviste a traer a esta mujer a mi casa? —Esta mujer tiene su nombre. —Ariadna contestó desafiante. —¿Qué haces aquí, Ariadna? —Pablo le reclamó mirándola con odio y hastío. Estaba tan nervioso que no sabía cómo reaccionar. —Pablo, mi amor. —Sonrió maliciosa—. Como TU NOVIA —hizo énfasis en esas palabras, mientras miraba a Jimena airosa—, tengo el derecho de estar aquí. Mira, traje un regalo a mi hijastro. —¡Eres una descarada! —Jimena la confrontó—. Vete de mi casa, no eres bienvenida aquí. —Entonces Pablo tendrá que venir conmigo. Donde yo no sea bienvenida, tampoco lo será

