Mis protegidas

1642 Words
Pov Damián Siento como el líquido carmesí baña mi camisa poniéndome a apretar los puños. Los ojos se me tornan más oscuros y aprieto los dientes de la rabia que se me atasca en el pecho. ¿Qué se cree esa ragazza?» Dicen que las mujeres de su país son así: altivas, orgullosas y decididas y, aunque debería de hacerme desistir sus acciones, lo que logran es hacer que me encapriche más con la idea de que sea ella quien me de un hijo. Mis escoltas intentan detenerla pero yo le hago señas de que la dejen ir. «Vendrá a mí lo sé» También se que no puede irse, no tiene cómo hacerlo. Además, si se va la voy a buscar a la maldita china si es necesario. Sí, parece obsesivo, loco o nocivo, pero ya lo decidí y es ella quien me dará un hijo cueste lo que me cueste. Salgo del restaurante unos minutos después y le indico al chófer que me deje en la casa de Lucian, queda más cerca y se me apetece beber un trago que me calme las ganas de ir a buscarla para que me lave la maldita camisa. El chófer me deja enfrente de la mansión y entro después de que el portero me indica que puedo hacerlo. «Él entra a la mía cuando le da la maldita gana pero aquí tengo que ser anunciado para hacerlo» La mansión de Lucian es muy diferente a la mía, porque mientras que la arquitectura moderna y antigua baña mis paredes, en esta se puede apreciar solo lo moderno. Desde televisores de alta tecnología hasta videojuegos traídos de Japón. El primero en recibirme es Zeus, el perro de Lucian. Es hermano de Aston solo que con pelaje n***o. Lo saludo acariciándole la cabeza y luego camino al mini bar donde me sirvo uno de los tantos whisky que colecciona Lucian. «Yo solo bebo lo que nosotros hacemos» La mayoría de las veces, pero Lucian tiene marcas de todo tipo y de todas las empresas habidas y por haber. Creo que es un fetiche o algo por el estilo. —Qué honor tenerte en mi humilde morada —habla él idiota entrando al mini bar. «De humilde no tiene nada»; una pared es una maldita pecera con animales exóticos del mar. Está sin camisa, dejando mostrar los tatuajes que tiene en su pecho; con un pantalón de casa gris y una sandalias de cuero n***o. —¿Por qué mierda tengo que anunciarme para entrar? —es lo primero que le pregunto mientras me siento en el sofá de cuero marrón que tengo detrás. Lucian me detalla de arriba abajo con una sonrisa burlesca en el rostro y ya sé a dónde va. —Te lanzaron el vino en la camisa —se burla—, es lo mínimo que te mereces por andar proponiendo idioteces —se queja y rueda los ojos. —Cállate y busca algo para ponerme —le digo logrando que llame a la empleada que enseguida obedece. Me entrega la camisa de tres cuartos gris y luego se sienta dejando que Zeus se le suba en las piernas. Se que no se va a quedar callado y que va a querer seguir jodiendo con lo mismo asi que me adelanto a sus palabras. —Se molestó, ¿vale? —me aniquila con los ojos—, pero tiene dos opciones, contentarse y obedecer, hasta le ofrecí trabajo y dinero —digo orgulloso. —¡Guao! —se burla—, tu oferta me abruma, una fortuna por un niño que también será de ella —se traga el whisky de golpe—, por qué mejor no dejas a esa mujer en paz Damián yo… —sigue con lo mismo y lo ignoro. Bebo con él hasta que el enojo y las ganas de asesinar a Salomé se me pasan. La verdad es que nunca antes nadie me había faltado el respeto de semejante manera y mucho menos delante de tanta gente y de mis empleados. ¿Dónde quedaría mi reputación? » Y solo porque le pedí algo tan sencillo. … —Me va a llamar, ya verás —le digo a Lucian mientras veo las gotas de lluvia mojando Florencia. Los últimos días he estado con extremo trabajo aunque no he perdido de vista a la extranjera. El guardaespaldas que le asigné para que la siguiera de manera discreta me indicó que su hermana estaba hospitalizada y aunque he deseado ir hasta allá me he contenido esperando que sea ella quién me llame. —¿Por qué lo haría? —me pregunta Brahin quien está moviendo algo en mi computadora—, esa mujer debe estar odiandote —sigue. —No me interesa —recalco—, me odie o no cumplirá mi cometido —digo en el preciso momento que mi móvil suena. Lo tomo y sonrío al ver el nombre de ella en la pantalla. «Tengo sus números registrados en mi móvil» —¿Sí? —Contesto fingiendo desinterés. Cuelgo el teléfono apenas termino de hablar con ella y luego tomo la gabardina que me coloco encima del traje ejecutivo. —Les dije que llamaría —le dejo saber a los idiotas que, pierden tiempo y saliva en hacerme cambiar de opinión. Unos minutos después llego a la clínica; no es la más costosa, pero claramente la salud en Italia y más en Florencia es costosa. Avanzo desabotonando los botones de mi gabán y entro a la sala de espera en busca de Salomé y… la encuentro sentada con los ojos perdidos. Luce unos vaqueros de botas anchas, con zapatos deportivos blancos y una camisa tipo top de tiras que apenas pueden sostener sus senos; no son grandes, pero tampoco pequeños dándole un toque perfecto. Sus labios están pintados con labial de supermercado y sus cabellos en una trenza de lado que la hace notar juvenil. «Es una cría carajo» Me repito en la mente cuando siento el corrientazo que emerge en mi entrepierna «Para inseminarla no es una cría» Me grita mi subconsciente y aparto las palabras enseguida. —Señorita, necesitamos desocupar la habitación, ¿va a pagar la cuenta o no? —le pregunta la recepcionista con molestia. —Yo pagaré la cuenta de la señorita Uribe —Intervengo pasando de largo. Dejo que me detalle mientras lo hago y, no es por presumir pero muchas de aquí están haciendo lo mismo. Paso la tarjeta dorada que me saco de la cartera y la mujer después de pasarla me entrega la factura que recibo. Se la entrego a Salomé quien no me da la cara y mientras ella retira a la niña me siento a esperar junto a los escoltas que me rodean. Asimismo, la veo salir con una niña parecida a ella, solo que con seis años de edad. Tiene la misma calidad de ropa; desteñida y vieja. Aprieto los labios cuando se aproximan y… —¿Podemos hablar en otro momento? —me pregunta y la ignoro enfocándome en la pequeña. —Hola —le digo tendiendome la mano—, mi nombre es Damian Morgan, ¿y el tuyo? —le pregunto curioso mientras sonrío. —Soy Sofía Uribe, ¿usted es amigo de mi hermana o novio? Es que ella no… —¡Sofía! —la reprende su hermana dejándome la duda de lo que iba a decir. —Las llevaré —demando acomodandome el Rolex. —No es necesario, mire si es por lo que acaba de hacer yo le aseguro que… La aniquilo con los ojos haciendo que se calle. Sus mejillas se tornan rojas cuando la observo de arriba abajo. Me doy la media vuelta y les abro la puerta de atrás del auto dejando que suban para luego ponerme al volante. Mi guardia de seguridad se siente de copiloto mientras los demás van detrás de mí en las otras camionetas. —¿Usted es un narcotraficante? —me pregunta la niña de pronto dejándome frío. «Ojalá fuera solo eso» —Sofía por favor… —la reprende la hermana. —¿Por qué preguntas eso pequeña? —la detallo por el retrovisor. —Es que… lei en un libro que los narcotraficantes son así como usted, adinerados, con autos de lujos y relojes caros, por eso pregunto —Suelto una risita. —Deja de decir tonterías Sofía —habla su hermana con el ceño fruncido. —Está bien, me callo, solo diré que si es narcotraficante es un muy guapo porque la mayoría son feos y barrigones —exclama logrando que mi escolta pegue una carcajada enorme. —¿Crees que soy guapo? —le pregunto a la pequeña y la hermana aprieta las piernas. El pulso se me acelera por tal acto y hasta contengo la respiración por varios segundos cuando veo como sus manos tiemblan. —Mucho —me dice la niña sonriente—, hasta parece modelo —yergo el pecho. «Los niños y los borrachos siempre dicen la verdad» —Por favor Sofía no mientas, no es para tanto —rueda los ojos la hermana. —¿Tú no crees que sea guapo, Salomé? —le pregunto a la mentirosa que me debe hasta el alma. —No —traga grueso y no le creo nada. Me estaciono fuera de su casa y dejo que mis hombres le abran la puerta. La niña se despide de mí y Salomé intenta decir alguna excusa, pero… —Te quiero en mi casa para aclarar los términos de tu embarazo —demando arrancando el auto sin darle tiempo a nada. «La tengo en mis manos y ella lo sabe» —Pavel —le hablo a mi guardaespaldas—, llévale despensa y los medicamentos que necesite la niña, desde ahora en adelante ellas estarán bajo mi responsabilidad —demando sonriente.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD