Seattle, Washington - Presente
La vida había sido generosa con Ates Soykan. A los treinta y ocho años, dominaba un imperio en la industria petrolera que había construido desde cero, tenía una mansión en las colinas de Seattle que muchos envidiaban, y hasta hace un mes, había tenido a la mujer más hermosa del mundo durmiendo entre sus brazos cada noche.
Evalina había sido todo lo que un hombre podía desear: dulce, elegante, con una belleza que quitaba el aliento y una sonrisa que podía desarmar sus defensas más sólidas. Pero también era de estados de ánimo cambiantes, sensible como una flor que se marchita al menor viento, y en los últimos meses, había caído en episodios depresivos que la hacían llorar por horas sin razón aparente. Ates había aprendido a navegar esas tormentas emocionales con paciencia infinita, sosteniendo su mano cuando el mundo parecía demasiado pesado para ella.
—A veces siento que no soy suficiente —le había confesado Evalina una noche, semanas después del parto—. Que no soy una buena madre, una buena esposa.
—Eres perfecta, aşkım (mi amor) —le había respondido Ates, acariciando su cabello—. Solo necesitas tiempo.
Y Ates, perdidamente enamorado, le había dado todo lo que pedía, incluyendo esa paciencia que parecía no tener límites.
Había sido el abuelo de Ates quien insistía en que debía casarse y formar una familia. "Un hombre necesita raíces, oğlum (hijo mío), le decía en turco. "Necesita algo por lo que luchar que no sea solo el dinero."
Conoció a Evalina en una gala benéfica hace cuatro años. Ella era como un rayo de sol en medio de la multitud de rostros aburridos y sonrisas falsas. Se casaron seis meses después, y durante tres años lucharon por tener un hijo. Tratamientos, doctores, esperanzas rotas y renovadas... hasta que finalmente llegó su milagro.
Amira. Su pequeña Amira, con esos ojos que había heredado de él y la delicadeza de su madre. Apenas veinte días de vida, y ya era el centro de su universo.
Pero las responsabilidades lo perseguían. Las crisis en la empresa, las juntas de emergencia, los viajes de último minuto. Evalina se quejaba constantemente, y esa tarde había sido peor que nunca.
—Nunca estás aquí —le había dicho con voz quebrada, mientras mecía a Amira en sus brazos—. Tu hija no te conoce, Ates. Yo me siento como una madre soltera. Como si hubiera desaparecido para ti.
—Evalina, amor, sabes que todo esto es por ustedes —había respondido él, aflojándose la corbata después de otro día de catorce horas en la oficina.
—¿Por nosotras? —sus ojos se llenaron de lágrimas que ya habían amenazado con caer todo el día—. No necesito tu dinero, Ates. Te necesito a ti. Necesito que me veas cuando lloro, que notes cuando no he comido en todo el día porque no puedo dejar de llorar.
Las palabras la habían golpeado como bofetadas. Ates se había detenido en seco, observando realmente a su esposa por primera vez en días. Los círculos oscuros bajo sus ojos, la palidez de su piel, la forma en que sus manos temblaban ligeramente.
—Evalina... ¿has estado comiendo?
—¿Importa? —había murmurado ella, girándose hacia la ventana—. Ya ni siquiera me ves.
—Eso no es cierto.
—¿No? ¿Cuándo fue la última vez que me tocaste sin que fuera porque yo te lo pedí? ¿Cuándo fue la última vez que me dijiste que me amabas sin que fuera una respuesta automática?
El silencio que siguió fue devastador.
La culpa lo había atravesado como una daga. Evalina tenía razón. Estaba tan obsesionado con proveer, con asegurar el futuro, que se estaba perdiendo el presente.
—Está bien —había susurrado, tomándola entre sus brazos—. Trabajaré desde casa. Más tiempo contigo, más tiempo con Amira. Te lo prometo.
Y por primera vez en semanas, Evalina había sonreído de verdad.
Esa noche, se habían acostado abrazados. Ates había consolado a su esposa, besando sus cabellos sedosos, prometiéndole que las cosas cambiarían. Evalina se había calmado entre sus brazos, sus respiraciones se habían sincronizado, y habían caído en un sueño profundo.
En la oscuridad de la habitación, una sombra se deslizó silenciosamente por el pasillo.
La figura vestida de n***o conocía cada crujido del suelo de madera, cada puerta que podría traicionarla con un gemido. Se había tomado el tiempo de estudiar la casa, de memorizar cada rincón, cada ruta de escape. Esta no era una decisión impulsiva.
Los guantes de cuero n***o se ajustaron alrededor del arma mientras se acercaba a la habitación principal. A través de la puerta entreabierta, podía ver la cama donde dormían Ates y Evalina, ajenos al peligro que se cernía sobre ellos.
La respiración de la figura era controlada, casi profesional. No había nerviosismo, no había dudas. Solo una determinación fría y calculada.
Se detuvo al pie de la cama, observando la imagen que tenía frente a sí: Ates abrazando protectoramente a Evalina, ambos perdidos en sueños pacíficos. La ironía no pasó desapercibida. Él creía que podía protegerla, pero no de esto. No de lo que se merecía.
El odio que emanaba de esa presencia era visceral, palpable. Un odio que había crecido durante meses, alimentándose de cada sonrisa de Evalina, de cada momento de felicidad que no merecía tener.
Una mano enguantada sacó el arma con silenciador. El metal frío brilló apenas en la oscuridad mientras apuntaba directamente al pecho de Evalina. Al corazón que latía tranquilo, ajeno al juicio que estaba a punto de ejecutarse.
Los labios de la figura se curvaron en algo que podría haber sido una sonrisa.
El disparo fue apenas un susurro en la noche.
Evalina no despertó. Su pecho subió y bajó una vez más, y luego se quedó inmóvil para siempre. Ates se removió ligeramente en sueños, pero siguió abrazándola, ignorando que la mujer de su vida acababa de morir entre sus brazos.
La sombra desapareció tan silenciosamente como había llegado.
Los primeros rayos del amanecer se filtraron por las cortinas de seda cuando Ates comenzó a despertar. Se extrañó de que Evalina siguiera durmiendo; ella siempre era la primera en levantarse para atender a Amira. Decidió dejarla descansar y se dirigió al baño.
Fue entonces cuando lo vio: sangre en su brazo.
Frunció el ceño, confundido. No le dolía nada, no recordaba haberse lastimado. Se lavó cuidadosamente, pero no encontró ninguna herida. La sangre no era suya.
Un escalofrío de terror recorrió su espina dorsal.
Corrió de vuelta a la habitación.
—Evalina —la llamó suavemente, sacudiéndola por el hombro—. Evalina, amor, despierta.
Pero cuando la movió, su cuerpo cayó hacia atrás como un peso muerto. Sus ojos, que siempre brillaban con vida, estaban vacíos. Su piel, fría como el mármol.
El grito que salió de la garganta de Ates fue primordial, desgarrador. Un sonido que jamás olvidaría. Pero ese grito se transformó rápidamente en algo más oscuro, más peligroso.
—¡EVALINA! ¡NO! ¡NO, NO, NO!
Sus gritos alertaron a toda la casa. Davina, su hermana, irrumpió en la habitación con su esposo, ambos en pijama y con caras de terror. Detrás de ellos llegó Esther, la hermana de Evalina, que había estado quedándose con ellos para ayudar con la bebé.
Al ver a su hermana, Esther se desplomó.
—¡Evalina! ¡Evalina, háblame! —gritaba, tratando de tocarla mientras Ates la abrazaba contra su pecho.
—¿Qué pasó? ¿Qué pasó? —sollozaba Davina, pero cuando se acercó a su hermano, retrocedió asustada.
Los ojos de Ates ya no eran los que ella conocía. Estaban inyectados en sangre, pero había algo más. Una furia ciega, primitiva, que la hizo temer por primera vez en su vida al hombre que había criado.
—¡FUERA! —rugió Ates cuando Davina intentó tocar a Evalina—. ¡NADIE LA TOCA!
—Ates, por favor... —murmuró Davina, pero él la interrumpió.
—¡REVISEN TODA LA CASA! ¡LLAMEN A LA POLICÍA! ¡ALGUIEN ENTRÓ AQUÍ! ¡ALGUIEN LA MATÓ Y JURO POR DIOS QUE LO VOY A ENCONTRAR!
Su voz era casi irreconocible, cargada de una violencia que prometía venganza. Las venas de su cuello se marcaban mientras gritaba órdenes, abrazando el cuerpo de Evalina como si pudiera protegerla de la muerte que ya la había reclamado.
—¡MUÉVANSE! ¡AHORA! —bramó cuando nadie se movió lo suficientemente rápido.
Esther lloraba histéricamente, pero incluso ella se alejó cuando vio la mirada de Ates. Era la mirada de un hombre que acababa de perder todo y que estaba dispuesto a destruir el mundo para recuperarlo.
Fue entonces cuando el llanto de Amira se alzó desde el cuarto contiguo. Un llanto desesperado, como si la pequeña supiera que había perdido a su madre para siempre.
Y en ese momento, mientras sostenía el cuerpo sin vida de su esposa y escuchaba el llanto de su hija huérfana, Ates Soykan sintió cómo su mundo se desmoronaba completamente.
El hombre que lo había tenido todo, acababa de perder lo único que realmente importaba.