Adrian nunca fue a cenar, su silla permaneció vacía. El mayordomo sirvió los platos con la misma precisión de siempre, pero el ambiente se sentía distinto. Todos se mantenían expectantes, como si aguardaran el estallido de una explosión. —¿Papá no va a venir? —preguntó Leo con la voz más baja de lo habitual. —Tal vez, tiene mucho trabajo —respondió Elena, forzando una sonrisa—. A veces los adultos deben resolver cosas importantes. Max frunció el ceño. —Siempre son «cosas importantes». Theo no dijo nada. Comía en silencio, atento a cada sonido que venía del ala derecha de la mansión. No pasó mucho tiempo antes de que los gritos recorrieran todo el hogar. Primero fue una voz grave, luego otra más aguda, cargada de reproches, acompañada por un golpe seco contra el escritorio. Elena lev

