Elena entró del brazo de Jacob Pierce a la mansión de Miles Royce. Apenas cruzó el umbral del salón principal, sintió el peso de las miradas caer sobre ella. No era una entrada discreta, pero es que nada en esa casa lo era. El salón había sido decorado para impresionar. Espejos altos y pulidos hasta el exceso se diseminaban por los rincones reflejando luces cálidas y figuras elegantes desde todos los ángulos posibles. Candelabros de cristal colgaban del techo, multiplicándose hasta el infinito en los espejos, como si el lujo no quisiera quedarse corto en ninguna dirección. Cada invitado parecía duplicarse, o triplicarse, como si la riqueza necesitara verse a sí misma una y otra vez para creerse real. Jacob caminaba erguido y orgulloso. Su brazo firme sostenía el de Elena con una fami

