Al llegar al despacho encontró la puerta entreabierta, como ella la había dejado al salir. Adrian nunca se reunió con ellos en el comedor para desayunar ni fue a saludar a sus hijos. Tocó a la puerta, sin recibir respuesta, así que se asomó para verificar si había alguien. El silencio era denso, cargado de estática. Lo vio sentado en su butaca, aunque de espaldas al escritorio. Parecía mirar un cuadro colgado en la pared, donde salían retratados los trillizos vestidos con elegancia. La luz era tenue, solo había una lámpara encendida encima del escritorio que proyectaba sombras largas y deformaba el perfil del hombre. Él no parecía el CEO implacable que manejaba con mano dura una empresa de alcance internacional ni el padre distante que imponía reglas para no desmoronarse. Se veía ca

