Elena regresó muy temprano a la mansión de los McGrath con la tensión palpitando bajo su piel. La noche anterior no durmió casi nada, los nervios y la ansiedad no le permitieron que pegara un ojo, aunque igual estuvo allí a primera hora vestida impecable y con la máscara de Isabella Reed colocada con profesionalismo en su cara. Parecía una mujer neutral e inofensiva. El mayordomo la condujo hasta un comedor secundario donde Adrian McGrath la esperaba sentado en una mesa de desayuno. No levantó la vista de la tableta hasta que ella se detuvo frente a él. —Buenos días —saludó Elena. —Buenos días —respondió él con seriedad, aunque sin poder evitar apreciarla de los pies a la cabeza. La mujer se había percatado el día anterior que él poco podía alejar su atención de ella, así que se fue

