Elena regresó el sábado a su pequeño departamento con un torbellino de pensamientos desatado en su cabeza, caminaba de una habitación a otra sin encontrar descanso. El silencio le resultaba incómodo. Muy distinto al murmullo constante de la mansión McGrath, a las voces de los niños y a los pasos pesados de Adrian. Tuvo a su enemigo en su memoria más de lo que quiso admitir. No podía borrarse de la mente su mirada que ardía, la forma en que evitaba tocarla y los leves estremecimientos que sentía cuando lo tenía cerca. También pensó en Leo durmiéndose con la cabeza apoyada en su brazo, en Max viendola de reojo como si midiera su resistencia, en Theo observándola con esa atención que no parecía la de un niño de siete años. Los extrañaba, y eso la irritó. —No fuiste a esa casa a entablar

