Elena regresó el lunes a la mansión McGrath con el estómago tenso y la mente encendida. La llamada que recibió el día anterior seguía resonándole en la cabeza como un eco persistente.
«Tu padre no quería vender, pero lo obligaron».
Esa frase reconfiguró todo en su interior. Ya no era solo venganza lo que la impulsaba, sino una necesidad urgente por entender quién había movido los hilos para que esa venta se llevara a cabo y por qué.
Apenas cruzó la puerta principal, los niños aparecieron.
Leo fue el primero en recibirla. Soltó lo que tenía en las manos y corrió hacia ella sin pensar, abrazándola por la cintura.
—¡Isabella! Pensé que no volverías.
Elena se inclinó para corresponderle el abrazo.
—Te dije que lo haría. Firmé un contrato con tu padre por un año.
—Siempre dicen eso —murmuró él, sin soltarla del todo—, pero igual no vuelven.
Max no corrió. Se quedó a unos pasos, observándola con los brazos cruzados.
—Llegaste tarde —dijo, como si fuera una acusación.
—Solo tardé unos minutos, había mucho tráfico.
—Si sabías que había tráfico, debías haber salido antes —replicó él con cara molesta.
Theo apareció último. La miró como si intentara detectar algo distinto en ella, algo que se hubiera movido durante el fin de semana.
—¿Todo bien? —preguntó.
Elena le sostuvo la mirada apenas un segundo más de lo habitual.
—Sí —respondió, a pesar de no estar segura de que fuera verdad.
No podía evitar estar seria por toda la confusión y rabia que sentía, quizás, eso era lo que el niño había notado.
Adrian apareció al fondo del vestíbulo, hablaba en voz baja con el mayordomo. Cuando la vio, hizo un asentimiento con la cabeza, sin sonrisa, pero con una expresión que ella no supo interpretar del todo. Alivio, tal vez, al saber que había regresado.
La presencia del hombre a ella la cambió por completo. No pudo evitar sentir una emoción súbita nacer en el fondo de su vientre.
—Bienvenida —dijo—. Los niños te estuvieron esperando.
—Hoy traje algo especial para ellos.
—¿Qué? —quiso saber enseguida Leo, emocionado.
—Un juego muy difícil que preparé especialmente pensado en ustedes.
Max resopló.
—Difícil —dijo a modo de burla. Para él nada era difícil.
—Estoy segura que no lograrás resolverlo —lo retó Elena, haciendo que los ojos del niño brillaran por el interés.
—¿Resolverlo? ¿Es de pistas? —consultó Theo con las cejas arqueadas, atraído por la idea.
—De pistas y acertijos —respondió la mujer caminando hacia el interior de la casa—. Son varios casos que poseen un alto nivel de complejidad y ameritan que cada uno de ustedes ponga en práctica toda su inteligencia.
Leo gritó y saltó lleno de emoción mientras la seguía. Max y Theo fueron tras ella compartiendo una mirada retadora, como diciéndose: yo sí lo resolveré.
Adrian los observó con la sorpresa marcada en su semblante. Nunca había visto a sus hijos tan interesados en alguna actividad propuesta por alguna niñera, maestra o profesor, era difícil ganarse su atención.
Elena había logrado mirar en el interior de cada uno y descubrir sus verdaderas motivaciones, ofreciéndoles lo que a ellos les interesaba, eso que era capaz de romper la burbuja en la que estaban siempre inmersos obligándolos a salir.
Aquella mujer, estaba resultando un cambio drástico en su casa. Eso lo asustaba.
—Como les dije, este es un juego que yo inventé. Una búsqueda —explicó ella cuando se instalaron en la terraza y sacó todas las tarjetas que había diseñado el día anterior.
Los niños la rodearon, mirando con curiosidad lo que ella ponía sobre una mesa.
—Colocaré pistas escondidas por la casa, que ustedes deben encontrar, pero hay reglas.
Max se enderezó.
—¿Y hay premio?
—Sí —sonrió Elena—, pero solo si trabajan juntos.
Theo frunció apenas el ceño.
—¿Juntos, cómo?
—Cada uno tiene un rol —explicó—. Leo, tú animas al equipo y cuidas que nadie se rinda. Max, tú decides qué camino tomar cuando haya opciones. Theo, tú resuelves las pistas.
Los tres parecieron aceptar, al menos en apariencia. El desconcierto y el recelo brillaban en sus miradas.
Luego de unos minutos de organización, el juego comenzó. Como ella lo había indicado, Theo resolvía las pistas, haciéndolo con rapidez. A veces, antes de que Elena terminara de leerlas.
Max corría por los pasillos con agilidad y encontraba tarjetas escondidas, pero, en lugar de compartirlas, las guardaba en el bolsillo. Leo los seguía, algo torpe, intentando no quedarse atrás.
—¡Esperen! —pedía—. ¡No vi esa pista!
—Es porque eres lento —replicó Max sin mirarlo—. Tienes que ser más agresivo.
—No quiero correr —respondió Leo—. Quiero pensar.
—Pensar no sirve —insistió Max—. Si quieres ganar, tienes que quitarme las pistas. Lucha conmigo.
Leo negó con la cabeza.
—No quiero pelear contigo.
—Entonces, perderás —sentenció el chico.
Elena intervino.
—Max, eso no es parte del juego.
—¿Y quién lo dice? —replicó él, desafiante—. Tú dijiste que yo decidía y esto es lo que decido.
—Decidir no es mandar —respondió ella con firmeza—. Es escuchar.
Theo observaba desde un rincón, sin intervenir. Sus ojos se movían entre sus hermanos y Elena como si estuviera registrándolo todo.
—Theo —dijo ella—. ¿Por qué no ayudas?
—Estoy ayudando —respondió él—. Estoy viendo.
La tensión creció.
Leo empezó a frustrarse. Sus ojos se llenaron de lágrimas cuando Max le arrebató una tarjeta de las manos que él había conseguido.
—¡Ya basta! —exclamó Elena.
Los niños se quedaron quietos.
—Esto no es competir —continuó ella—. Es colaborar. No podrán resolver nada si no se ayudan y se dejan ayudar.
—Entonces, danos tareas separadas —propuso Max—. Así puedo ser más rápido y nadie me estorba.
Elena dudó. Aunque consideró su propuesta una mala idea, aceptó. Dividió las tareas y les dio zonas distintas de la casa para buscar las pistas finales. Les prometió que solo ganarían si las reunían todas.
Lo que no anticipó, fue lo que eso provocaría. Max empezó a moverse rápido desviando la atención de Leo con pistas falsas. Leo, desesperado por no quedarse atrás, comenzó a esconder tarjetas, para que sus hermanos no las encontraran. Theo, en silencio, resolvía las pistas que lograba obtener, aunque no compartía las soluciones, solo las memorizaba.
El juego se desvirtuó por completo.
—¡Están haciendo trampa! —exclamó Elena, perdiendo la paciencia.
—Tú dijiste que así seríamos más rápido —respondió Max.
—Dije que debían colaborar entre todos para terminar —corrigió ella—. No esto.
A pesar de sus quejas, ellos continuaron su búsqueda. Ella trató de llevarles el paso, buscando las maneras de hacerlos trabajar en equipo, pero entonces reconoció el pasillo en el que se encontraba en ese momento. Era donde se hallaba la habitación de las medicinas.
Quedó paralizada al percatarse de la ubicación, viendo como los niños se perdían al cruzar por otro pasillo. Su corazón empezó a latir con fuerza.
«Solo daré un vistazo», pensó. Para eso había diseñado aquel juego, para conocer la casa y evaluar las habitaciones.
Se acercó a la puerta y giró la manija. La encontró cerrada. Miró a ambos lados verificando que no se encontrara nadie en los alrededores y se quitó un gancho con el que sostenía su cabello.
Mientras estuvo en la universidad, sus amigos le enseñaron a forzar las puertas porque siempre que salían solían olvidar las llaves dentro. En esa época era como un juego, pero en esa ocasión resultó una forma de supervivencia. Introdujo el metal con cuidado y lo manipuló hasta que escuchó un clic suave.
La puerta cedió y ella pudo entrar de nuevo a aquel cuarto.
Dio una mirada al interior, hallando todo igual: las cajas apiladas en los rincones, ropa vieja colgada en percheros y polvo. Dio un par de pasos dentro, dispuesta a tomar las pruebas que necesitaba, pero oyó una voz tras de sí.
—¿Qué estás haciendo?
La voz de Adrian sonó detrás de ella como un disparo. Elena se giró de golpe y lo vio. Él estaba parado bajo el marco con postura rígida y los puños cerrados, tenía el abrigo puesto, como si estuviese a punto de marcharse, y su expresión no solo fue de sorpresa, sino también de enojo. Y decepción.
—Adrian… yo… —balbuceó.
—Espero tengas una buena explicación para esto, Isabella —dijo con voz firme, avanzando hacia ella.
En ese instante Elena supo que había cometido otro error, uno muy evidente.