Capítulo 10. Un pequeño error.

1406 Words
Al llegar al despacho encontró la puerta entreabierta, como ella la había dejado al salir. Adrian nunca se reunió con ellos en el comedor para desayunar ni fue a saludar a sus hijos. Tocó a la puerta, sin recibir respuesta, así que se asomó para verificar si había alguien. El silencio era denso, cargado de estática. Lo vio sentado en su butaca, aunque de espaldas al escritorio. Parecía mirar un cuadro colgado en la pared, donde salían retratados los trillizos vestidos con elegancia. La luz era tenue, solo había una lámpara encendida encima del escritorio que proyectaba sombras largas y deformaba el perfil del hombre. Él no parecía el CEO implacable que manejaba con mano dura una empresa de alcance internacional ni el padre distante que imponía reglas para no desmoronarse. Se veía cansado. El vaso de whiskey lo sostenía en su mano, medio vacío. —¿Qué haces aquí? ¿Por qué entras si yo no lo autoricé? —preguntó sin darle la cara. No necesitaba verla para saber que era ella la que había entrado a interrumpirlo. Elena respiró hondo, irguiéndose. —Tuve tiempo de pensar mejor lo que dije y vine a… disculparme. Hubo silencio por unos segundos. —No te pago para pensar, sino para cuidar de mis hijos. La mujer se mordió los labios buscando controlar el enfado y no volver a cantarle las verdades en su cara. —Los niños están bien, pero tú no. —¿Eres acaso mi niñera? —No, pero el bienestar de los niños depende de tu bienestar, ellos están enlazados a ti, así que… podríamos intentar ser amigos. Adrian tardó en reaccionar, cuando lo hizo, giró la silla para así quedar frente a ella y dejó el vaso sobre la mesa. Elena se estremeció al descubrir su mirada rota y llena de desesperación, que ahora además, parecía algo embriagada. —¿Amigos? ¿Para qué? La mujer se animó a entrar, cerrando la puerta tras de sí. Si volvían a discutir, no quería que los niños o alguien del personal escuchara. Avanzó hacia el escritorio y lo rodeó para ubicarse junto al hombre. Adrian seguía cada uno de sus movimientos con suma atención. La observaba con unos ojos tan negros como el interior de una caverna, una que parecía capaz de mostrar monstruos atroces si alguien se atrevía a iluminarla un poco. —Tú también necesitas compañía, tanto como ellos. Creo que ninguno ha podido superar la pérdida que sufrieron. —¿Pasas dos días en esta casa y ya crees conocernos bien? —No se necesita de mucho para conocerlos. Todos ustedes son transparentes, muy abiertos a sus propias emociones. —Además de educadora, ¿eres psicóloga? —Solo soy buena observadora. Es todo. Mientras hablaba con él, Elena daba pequeños pasos, acercándose más, como si algo invisible la empujara hacia aquel hombre. Trataba de convencerse que no lo hacía por deseo, sino para acentuar sus palabras. La tensión que sentía por no haber dormido bien y por la rabia la tenía confusa. Además, la adrenalina de la discusión que habían tenido minutos antes tocó fibras demasiado profundas en ambos. —Los niños se parecen a su madre. Heredaron su alegría, su curiosidad y su temperamento —comentó él, dejando perder su mirada en la nada, como si reflexionara. —No lo pongo en duda, pero también tienen mucho de ti. No puedes negarlo. Incluso, podría jurar que esos miedos que los agobian y los perturban en las noches, tú también los sufres. Por eso, no viniste a dormir. Adrian se sorprendió por lo que decía. Se puso de pie, aproximándose un paso. En segundos la cubrió con su sombra y con ese magnetismo masculino que expelía. Elena no pudo evitar un estremecimiento. Aquel hombre era atractivo e imponente, su presencia parecía abrazarla y su mirada de fuego calentaba su sangre, despertando su deseo. —¿Así que crees conocerme? —Quizás más de lo que tú piensas. Aquello lo dijo en referencia a lo mucho que había investigado de él antes de ir a esa casa. Información que necesitaba para llevar a cabo su venganza. Pero Adrian tomó sus palabras como una invitación, que lo empujó a acercarse más. —Entonces, ¿podrías traducir lo que me sucede en este momento? ¿La necesidad que me ahoga y palpita bajo mi piel? Elena arqueó las cejas, intimidada por su cercanía. Un estremecimiento la invadió y recorrió todo su cuerpo a través de su columna vertebral. Erizó cada tramo de su piel, endureció la punta de sus senos y le provocó una sensación placentera en sus partes íntimas que le arrancó un gemido. Aquel sonido sutil oscureció aún más la mirada del hombre. Adrian se acercó tanto a ella, que Elena fue capaz de captar en su piel el ardor de la de él y aspirar su aliento a licor. Su mente se nubló con una sensación de deseo tan fuerte que la mantuvo paralizada. El hombre alzó sus manos y las apoyó en la mandíbula de la mujer acariciándola con sutileza. Apartó sus cabellos para descubrir su cuello. —Isabella —suspiró, inclinándose—. No eres como las demás, resultas un acertijo difícil de resolver, pero eso es lo que me encanta —reveló, antes de bajar el rostro en busca de sus labios. Elena no solo se mantuvo quieta, sino que los entreabrió apenas sintió el toque suave de sus besos dándole acceso a su boca. Adrian no dudó en introducir su lengua dentro de ella, saboreando con delicia su interior. Al principio, el corazón de la mujer latió aterrado. ¿Qué demonios sucedía? ¿Por qué su mayor enemigo de pronto la veía como si ella fuese lo más anhelado sobre la faz de la tierra? Pero luego, con cada caricia de su lengua, con cada mordisco de sus dientes y con cada roce de sus labios, el terror era suplantado por una necesidad ardiente, primitiva y desesperada. Sus manos subieron como con vida propia hacia el pecho de él. Se movían con torpeza, captando por sobre la tela de la camisa su respiración agitada, sus músculos duros, su piel suave que quemaba y hasta los vellos que le cubrían esa parte de su cuerpo. Cuando Adrian intensificó el beso, emitiendo gemidos apasionados, ella apretó la tela dentro de sus puños con ganas de jalar con fuerza y romperla para tener acceso total a ese cuerpo que con seguridad sería exquisito, pero un golpeteo en la puerta la detuvo. La mujer se apartó enseguida con una mueca de dolor en el rostro. La realidad la golpeó con tanta fuerza que le resultó como una patada al estómago. Repentina y casi mortal. Adrian también se mostró perturbado. Sus ojos pasaron de la embriaguez por el deseo al más frío terror. —¿Quién? —preguntó, esforzándose porque su voz no se mostrara temblorosa. —Papá, ¿Isabella está contigo? La estoy buscando por toda la casa, quiero mostrarle algo. La voz de Leo hizo que Elena se tapara la boca con ambas manos y sus ojos se llenaran de lágrimas de miedo y vergüenza. Adrian le mostró ambas palmas pidiéndole calma, mientras él procuraba conservar la suya. —Sí, sale en unos minutos. Espérala en el patio. —¿Tardarán mucho? —No, estamos firmamos el contrato de trabajo. Va en un momento. Vuelve al patio. Afuera, Leo bajó el rostro hacia el suelo con decepción y se giró para volver al patio. Sus hermanos se hallaban detrás de él, a un poco más de un metro de distancia. —Tendré que esperar —dijo el chico mientras caminaba entre ellos y aferrando a su mano el autito de juguete que quería mostrarle a la niñera. No podía disimular su insatisfacción por no poder hablar con ella enseguida. Theo y Max se quedaron unos segundos más, ambos viendo con curiosidad y sospecha la puerta cerrada. —¿Están firmando el contrato de trabajo? ¿Eso no lo hicieron ayer? —comentó Max con los labios apretados y una mezcolanza de emociones en el pecho. —Papá no salió para hablar con Leo. Nunca nos grita desde adentro, siempre sale para vernos a la cara y darnos instrucciones —recordó Theo. Ambos niños compartieron una mirada, pero ninguno hizo ningún otro comentario. Luego de ver de nuevo hacia la puerta cerrada, dieron media vuelta y siguieron a su hermano en silencio.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD