AMÉRICA Cuando veo a Arturo en el suelo, con la sangre saliendo a borbotones por la nariz, me doy cuenta de que algo va mal. Lo confirmo cuando tiran de mi brazo y me obligan a caminar hacia la salida. Levanto la mirada: se trata de Bryce. ¿Qué hace aquí? Debe ser una ilusión, o al menos eso es lo que pienso, pero me sube a su auto y mi esperanza se desvanece. Intenta colocarme el cinturón de seguridad y le doy un manotazo. —Puedo hacerlo yo sola —le digo, con la lengua adormecida. Siento mi cuerpo pesado, el aire se comprime en mis pulmones y me siento morir. Trago grueso y, de soslayo, observo cómo se sube molesto, enciende el motor y acelera. Bajo la ventanilla del auto para que la brisa gélida me dé en el rostro. —Sube la ventanilla —demanda. La cabeza me duele. —No quiero —suel

