No podía creer lo que estaba haciendo, pero quería. Quería tener el recuerdo de sus besos, sabía que aquella sería la última vez que nos veríamos; por más que le hubiera dejado una esperanza, no podía ofrecerle nada más. Después de un eterno beso, me aparté, despacio, con dolor en mi corazón. ―Que te vaya bien en tu viaje ―me despedí con la voz débil. ―No, Miranda ―rogó igual de triste que yo. ―Escúchame. ―Puse mis manos en sus mejillas―. No puedo darte más. Estoy rota por dentro, no soy capaz de amar ni de entregarme sin miedos. ―Déjame ayudarte. ―No puedes. Nadie puede. Es algo que debo hacer yo sola, debo sanar mis heridas, de otro modo, solo te haré daño y me haré daño a mí misma. ―Puedo estar a tu lado ―aseguró. ―No, tengo que hacerlo sola. ―¿Tengo alguna esperanza?

