Lo primero que hice al despertar fue meterme a la ducha caliente; tenía frío, estaba cansada y me sentía entumecida. Me vestí muy abrigada y me serví un café bien cargado. Miré la hora. Todavía no daban las siete. Era demasiado temprano. Me fui al dormitorio y allí vi los billetes tirados. Cerré los ojos, no quería recordar. Pero eso era imposible, era inevitable pensar en cada momento en José Miguel, por más que lo quisiera evitar. Recogí los billetes. Cien mil pesos en billetes de diez y veinte mil pesos. ¿Eso le salía un revolcón con sus amiguitas? ¡Eso es ser prostituta de lujo! Yo no lo era. Las lágrimas corrieron espesas por mis mejillas y no quería, tenía que maquillarme y no podría si tenía la cara mojada. Mi celular sonó en ese momento, corrí hacia el sofá donde había quedado la

