El viaje se me hizo eterno. Pasar una noche más lejos de Miranda, se me hacía imposible. Y mi pobre amiga pagó los platos rotos con mi mal humor. ―Cálmate, hombre, ya vamos a llegar ―intentaba tranquilizarme cada cierto rato. ―¿Ya vamos a llegar? ―contestaba y miraba mi reloj, parecía que el tiempo no avanzaba. Lo que parecían días, eran horas, lo que parecían horas, eran minutos... La angustia me estaba matando, pensar que no hice caso de su mensaje y que pudiera estar en peligro... No. Si algo le pasaba, no me lo perdonaría jamás. Nada más llegar al aeropuerto, llamé a mi hermano, me pidió vernos en mi departamento, él me esperaría allí. Al parecer no había buenas noticias. Miré mi reloj. Las once y diez de la mañana del lunes. ―Quiero verla ―supliqué a Roberto―, voy a tu ofi

