Recogió el teléfono y marcó el número en su pantalla, sin importarle que fueran las dos de la madrugada.
Un susurro jadeante vino luego.
—Hola. —Resonó en su oído.
Se movió incómodo en su cama. Su voz era increíble.
—¿Liesl?
—Sí, ¿quién es?
—Isaías Machado. Necesito preguntarte cómo conseguiste la información que me diste esta tarde temprano.
Su gemido hizo que alejara el teléfono de su oído y casi se tocara la entrepierna. Su voz era digna de una película porno; suave, seductora y somnolienta.
—¿Te refieres a anoche? Son las dos de la madrugada.
—Sé qué hora es. Tienes información confidencial aquí. ¿Cómo la conseguiste? — admitió estar preocupado por la legitimidad de cómo la obtuvo.
Ella se quedó en silencio.
—¿Importa?
—Sí.
Iba a usarla de cualquier manera, pero necesitaba saberlo.
—Mi ex tenía la costumbre de trabajar constantemente. Todo el tiempo, veinticuatro siete. Admiraba su impulso y determinación, y apreciaba su arduo trabajo, pero ahora creo que me estaba evitando. —Hizo un suspiro dramático—. En fin, frecuentemente la batería de su propio portátil se agotaba porque estaba constantemente condenado a él. Cuando eso sucedía, simplemente tomaba el mío y lo usaba. Cuando, muy indecorosamente, me dijo que había dejado embarazada a mi hermana, se olvidó de que no había eliminado su información. Estaba en mi ordenador, comprado con mi propio dinero. Es antiquísimo. Lo tengo desde hace al menos ocho o nueve años. Lo uso para ver películas y hacer mis operaciones bancarias. Se bloquea todo el tiempo, pero es mío. La información contenida en mi ordenador es mía, ¿no?
—No estoy muy seguro de que así sea. Además, no sería difícil para cualquiera sumar dos más dos y deducir que tú me proporcionaste detalles del ordenador compartido para que yo usara esa información y le quitara negocios a tu esposo. Debería decírtelo. No tengo problemas en hacerlo por mi cuenta, sin ayuda, pero esto ciertamente aceleraría el proceso.
—Sé que puedes acabar con él por ti mismo. Se quejaba constantemente de que le quitaste los dos últimos contratos que tenía, uno para el desarrollo de la urbanización del bosque y otro en el que te llevaste el centro comercial justo debajo de su nariz. Él lo tomó como algo personal.
—Así fue.
—¿Por qué?
—No me cae bien su padre. Por ahora, dejémoslo ahí. Sin embargo, me intriga saber qué es lo que quieres negociar para obtener información adicional.
—He eliminado la mayor parte de su información de mi ordenador. Está asegurada en otro lugar, dividida en archivos y carpetas donde solo yo puedo encontrarla. Sin embargo, su cuenta de correo electrónico sigue abierta en mi ordenador y dejé dos archivos con otras piezas clave de información. Sería desafortunado si alguien con los medios y el conocimiento para burlar mi sistema de seguridad entrara en mi casa cuando yo no esté y robara mi ordenador. No tiene ningún valor intrínseco. Para que se vea convincente, estoy dispuesta a presentar una denuncia policial si el ladrón roba otras cosas de la casa. Realmente no quiero nada más que lo que está en mi habitación y estudio de arte.
—¿Quieres que te robe? —preguntó él.
—Las personas ricas no se hacen ricas siendo amables, Sr. Machado. Era una de las frases favoritas de Merl. Estoy segura de que tienes a una persona en tu nómina que se dedica a hacer trabajos de ese tipo por ti todo el tiempo.
—Soy simplemente un promotor inmobiliario, Sra. McGrath, y podría ofenderme por tu insinuación.
—Sin embargo, apuesto a que no lo haces.
Ella soltó una risa ronca.
De repente se preguntó qué otros ruidos hacía.
Apartó ese pensamiento y dijo:
—No, tienes razón. No lo hago. ¿Qué quieres a cambio de tu ordenador robado?
—Quiero que vengas a mi exposición de arte.
—¿Exposición de arte?
El archivo que recibió de su seguridad indicaba que ella era una artista que trabajaba principalmente en una galería local.
—Un hombre con tu reputación que aparezca en mi exposición llamará la atención sobre mí. Mi objetivo es no tocar ni un solo centavo de mi pensión alimenticia. Odio sentir que todavía estoy siendo mantenida por él. Quiero abrirme camino con mi arte. Si vienes a la exposición, los paparazzi me seguirán y la gente vendrá. Además, hará enfurecer a toda la familia McGrath. Quiero que ardan de rabia.
—Entiendo —dijo en voz baja—. Me dejarás llevarme tu ordenador con el correo electrónico abierto y acceso a los archivos que queden en él, y podré usar la información como crea conveniente. Tú presentarás una denuncia alegando un allanamiento de morada para cubrirte, ¿y todo lo que tengo que hacer es convertirme en un mecenas del arte?
—De hecho, Sr. Machado, ya eres un mecenas del arte. Cuando te vi sentado allí, te reconocí, pero al principio pensé que probablemente te había visto en un evento al que Merl me había arrastrado. Sin embargo, cuanto más lo pensaba, resulta que compraste una de mis pinturas hace varios años. En ese momento yo era estudiante y estabas allí en la feria de arte con una mujer muy regia que compró una de mis pinturas, y tú también tomaste una. En aquel entonces nunca llevaba un registro de los nombres de quienes me compraban, pero repasé mi carpeta y, efectivamente, estás en el fondo de una foto.
—Conozco la feria de arte a la que te refieres, pero compré el cuadro hace al menos diez años. ¿Te acuerdas de mí después de todo este tiempo?
Miró su despacho en casa hacia el lienzo de once por diez pies que enmarcó hace años con tonos dorados y rojos.
—No te ves igual. Recuerdo que tenías más curvas.
Recordó cómo su madre se burlaba de él por mirarle el trasero a la artista.
Ella dejó salir una risa amarga.
—Estaba mucho más rellenita en aquel entonces, pero fui yo de quien compraste ese cuadro. Recuerdo a cada persona a quien le he vendido un cuadro. Los cuadros son parte de mi alma. Cada vez que pinto y dejo ir uno, también dejo ir una parte de mí.
Él guardó silencio ante sus palabras y luego suspiró.
—¿Cuándo te mudarás de tu casa?
Ella soltó un chillido emocionado.
—Voy a ver a un agente inmobiliario mañana por la tarde para discutir poner la casa en el mercado. La venderé por debajo del valor de mercado solo para molestar a Merl. No podrá lidiar conmigo mañana porque se casará con mi hermana y luego se irán de luna de miel. Mis bendiciones de boda para él son un pene flácido y para ella estar más seca que el Sahara. Quiero que la casa se venda y tenga un contrato antes de que regresen. Solo puedo rezar para que quien la compre no se la vuelva a vender a él.
—¿Por qué no la vendes por una ganancia?
—Porque mi hermana la quiere para criar a su hijo en ella. Si fuera por mí, la vendería a alguien que quiera demolerla. Mi hermano realmente quiere pasar un bulldozer por ella desde que descubrimos que tuvieron sexo en mis mostradores de cocina.
Consideró que esta mujer era una persona muy amargada y enojada, y que debería tener cuidado.
Todo en él le advertía que colgara el teléfono y se alejara lo más posible de sus planes locos. Sin embargo, antes de que pudiera controlarse, habló:
—Te daré el valor de mercado completo, dejaré que tu hermano maneje el bulldozer, pero quiero transmitir el evento en vivo para que su familia lo vea. También quiero que se sepa públicamente que soy yo quien lo está haciendo y quiero que se haga el día que regresen de su luna de miel. Quiero que él esté allí pero no pueda hacer nada al respecto.
—¿De verdad?
—Sí. Más vale que saques provecho de su estupidez. Mañana por la tarde, sal de tu casa. Sigue con la farsa con el agente inmobiliario. Haré que mi equipo haga preguntas y veremos qué pasa. ¿Cuándo es tu exposición de arte?
—El próximo viernes por la noche.
—Perfecto. Nos vemos entonces. Buenas noches, Liesl.
—Buenas noches, Sr. Machado.
—Llámame Isaías. Considerando las travesuras en las que estamos a punto de embarcarnos, creo que los nombres de pila son apropiados.
—Entonces, buenas noches, Isaías.
Ella rio un poco antes de colgar.
El dulce sonido de su risa lo mantuvo despierto el resto de la noche.