—No puedo creer que no te haya advertido —dijo Janka en voz baja mientras tomaban café en la sala trasera de la galería el lunes por la mañana—. La prensa fuera de la galería esta mañana estaba loca. —Lo siento, Janka —susurró tristemente—. Me siento terrible de que hayas tenido que cerrar las puertas. Podría irme a casa. —No. Es mejor que estén aquí que en casa de tu hermano donde juega tu sobrina. Janka se negó a dejarla ir. El teléfono de Liesl vibró nuevamente y ella gruñó al verlo. —¡Vete al diablo! —¿Cuál es? ¿Merl? Sandy? ¿Tu mamá? ¿Trent? ¿Torrie? —Sandy —gruñó—. Anoche la abuela dijo que ella era una carga que mamá debería haberse tragado y no estoy en desacuerdo. Janka se rio. —Tu abuela es algo más. Mi abuela se sienta en una mecedora haciendo zapatillas. La tuya dirig

