Guille
Amanecí con el cuerpo todavía envuelto en la dulzura y frescura de la noche ardiente con mi esposa y la cabeza llena de planes.
Gala quedó en casa, insistió en llevar a Juana a la escuela y después ir a la universidad.
Me despedí con un beso rápido en la frente, que luego se volvió un manoseo detrás de la puerta. Era imposible dejar de saborear sus labios, sentir su cuerpo temblar por unas caricias sobre su piel.
Pero debía salir de casa o no llegaría más al gimnasio. Así que la besé por dos segundos más antes de soltarla, y salí a la calle con la sensación de que el mundo, por fin, estaba de nuestro lado y éramos indestructibles.
Apenas llegué al gimnasio, noté que había obreros trabajando en la fachada. Habían sacado la pintura vieja y el cartel oxidado que estaba a un lado de la entrada. Saludé y seguí mi camino para alistarme.
Me vendé despacio, respirando al compás de una canción que sonaba de fondo. Tomé la cuerda y comencé con un calentamiento previo. Después de unos cuarenta minutos de trabajo, ya todo sudado, me acerqué a uno de los sacos.
Marqué distancia con pasos cortos, con la guardia alta. Un–dos al aire, finta, paso lateral, gancho al saco duro, crochet más arriba. La sangre se me activó, calentando todo en mi interior.
Mi mente volvía una y otra vez a Gala. Tal vez estaría riéndose con Juani por querer usar algún vestido ridículo para ir a la escuela. O tal vez mi pequeña hermana estaría negándose a desayunar algún invento de mi esposa...
Sonreí y seguí. Directo, directo, upper por el centro. El cuero del saco retumbó a mi alrededor.
—Cruz —la voz de Eduardo cortó el ruido de mis golpes—. A la oficina. Ahora.
Lo miré por encima del hombro. Suspiré y, limpiándome el sudor con la toalla, lo seguí. Eduardo no me miró. Tenía la mandíbula apretada y las manos en los bolsillos, ese gesto que le queda cuando algo huele a problema. Me abrió la puerta de su "oficina" y se apartó para dejarme entrar.
Arturo estaba sentado frente al escritorio, con sus codos agotados en la mesa, y las manos cruzadas bajo su mentón. El traje sin una arruga, el Rolex que podría comprarme un departamento en una zona digna de la ciudad. Un vaso medio de whisky en la mano. Se levantó con una calma depredadora.
—Guillermo —dijo, y sonó a “bienvenido a mi tablero”—. Felicidades.
Me quedé de pie. Eduardo cerró la puerta, tenso. Yo respiré hondo para no dejar que el cuerpo eligiera por mí.
—¿Por qué me felicita, señor Castillo?
—Por tu audacia —sonrió con medio lado de la boca—. Buena táctica con mi niña. Casarte a escondidas. Fue un movimiento certero y rápido... lamento que eso no dure.
Se acomodó al ventanal que daba al interior del gimnasio, mirando a los pocos chicos que habían llegado.
—No entiendo —respondí.
—Claro que entiendes —cruzó los brazos sobre su pecho—. Eres un muchachito listo. Has creído que el amor te blinda, y te respeto el romanticismo. Pero nadie aguanta una vida entera solo con amor en el corazón. Escucha: ella no nació para esa vida. —Señaló el gimnasio con la barbilla, sin mirarme—. Necesita más que eso. El amor no llena la panza, no paga especialistas, no ayuda en una operación de emergencia...
La sangre me golpeó una sien al comprender su amenaza.
—Mi esposa y yo no le pedimos nada.
—Todavía —acabó él, tranquilo, girándose sobre sus talones para mirarme—. ¿Y en el futuro? Cuando la niña tenga fiebre a las tres de la mañana y el hospital te pase una cifra que no cabe ni en tus sueños. ¿Cuando la universidad le exija “detalles administrativos” para que Galardiel siga, y yo sea el único que puede decir sí o no? —su sonrisa se hacía más grande y más venenosa a cada palabra—. A mí no me gusta hablar de sentimientos, Cruz. Hablo de realidades, de números. Tú pegas fuerte, sí, pero no olvides que soy yo quien paga.
La mención implícita de la salud de Juana se envolvió como un alambre de púas en mi pecho.
—De mis cuentas me encargo yo —dije, más bajo de lo que hubiera querido.
—Claro —admitió, haciéndose el cortés—. Solo vine a darte la bienvenida al mundo que has pisado sin mirar. A advertirte, como un caballero que soy, que hay caminos que no llevan a ninguna parte.
Eduardo se movió a mi lado, sin hablar. Me pesó su silencio, el no ponerse de mi lado ni apoyarme.
—Si vino a amenazarme, ahórrese el discurso —solté con los dientes apretados—. Yo no voy a dejar a mi esposa solo porque usted lo diga.
—“Amenazar” —se llevó el vaso a los labios, bebiendo un sorbo antes de seguir hablando—. Qué palabra tan fea. Prefiero “informar”. Como esto. —Sacó su móvil. Pulsó dos veces—. Te dije que lamento que no dure. Míralo.
No quería hacerlo, sabía que cualquier cosa que viniera de él tenía que tomarlo con pinzas. Pero tampoco podía quedarme sin saber lo que ese imbécil creía tener para controlarme. Así que lo hice, tomé el teléfono y apreté el botón.
La pantalla mostró un pasillo que reconocí enseguida; la universidad prestigiosa donde iba Gala. Los estudiantes iban y venían con las mochilas y cuadernos en los brazos, los profesores andaban apurados, tratando de llegar a clases.
La cámara temblaba en las manos de quién fuera estuviera grabando. Y de pronto, entre la corriente de cuerpos, la vi.
Gala. Mi esposa.
El pelo recogido, una blusa clara, la mochila al hombro. Avanzaba rápido, mirando el suelo para no hacer contacto visual con nadie que atrasara su llegada a clases.
Alguien la tomó del brazo; el encuadre se cerró, torpe, un segundo de caos, y luego apareció Héctor.
Iba con ropa deportiva, que bien podría hacerse pasar por un estudiante más, aunque lo delataba su sonrisa de animal.
La arrinconó contra una pared que quedaba oculta a las miradas curiosas. Ella dijo algo, pero el vídeo estaba sin sonido, no pude escuchar ni leer sus labios.
Él se inclinó más cerca de mi mujer. Ella giró la cara para evitar sus labios. Pero él muy miserable insistió.
El encuadre se acercó a ellos, apenas un poco para que mi esposa no se diera cuenta de que la estaban filmando. Gala puso las manos en el pecho de Héctor, quería creer que para apartarlo... pero él dijo algo, moviendo los labios con calma, sonriendo con esa arrogancia que me exasperaba.
Ella dejó de moverse de inmediato... Conté los segundos en mi cabeza... uno... dos... entonces lo besó.
No fue un simple roce. Fue un beso pleno, intenso, un movimiento de labios y lengua que se veía claramente desde mi lado de la pantalla, un beso que duró demasiado.
Fue un puñetazo que no vi venir.
No respiré ni parpadeé. El gimnasio se cayó a mi alrededor como si fuera un ascensor sin cables.
Arturo me sacó el móvil, deteniendo el video ahí, con la silueta de ambos en la pantalla, sus bocas pegadas, las manos de él apretando las nalgas de mi esposa...
—Suficiente —dijo, como si se compadeciera de mí. Guardó el teléfono.
Yo seguí mirando a la madera del escritorio, donde no había nada.
—Eso fue hace… —calculó, mirando su reloj— veinte minutos. Ahora mismo creo que estarán saliendo para un hotel... ya sabes a qué. Tú todavía estás a tiempo de… —hizo un gesto de indiferencia con la mano— lo que los hombres hacen cuando descubren que su mujer les es infiel.
No sé qué cara puse al escuchar esas palabras, solo sé que Eduardo dio un paso, quizá para consolarme o detenerme de no golpear al hijo de putâ de mi suegro. Pero Arturo lo detuvo con una mirada educada.
—Te dije que el amor no llena la panza —continuó, amable como un médico que da un diagnóstico terminal—. Tampoco cierra contratos. Gala, ya tuvo el entretenimiento que quería. Además de darle la lección a Héctor por descuidar la —chasqueó su lengua cargada de veneno.
Mi mente estaba nublada y mi cuerpo inmóvil. Él continuó hablando.
—Si quieres pelear de verdad arriba, conmigo, aprenderás pronto que hay que elegir batallas. Mi niña, cuando se haya saciado de jugar a la duquesa rebelde y desquitarse de Hector volverá. No necesito apurarla. Pero a ti te quiero ahorrar tiempo. No tendrás una oportunidad en mi agencia hasta que resuelvas… esto. —Señaló con el mentón su teléfono—. No quiero chicos distraídos en peleas serias.
—¿Quién filmó? —pregunté sin reconocer mi voz.
—Alguien que me admira. —Sonrió, bufando—. O que me teme. Al final es irrelevante.
Me ardían los puños bajo el vendaje, aunque no por golpearlo a él, más bien era por la escena y las palabras que dijo que acababa de destrozarme la dignidad.
Recordé el hotel, la risa de mi mujer contra mi boca, sus dedos temblándome en el cuello, “señor Cruz”, “señora Cruz”. Recordé la promesa de un mañana juntos, su mirada con esa luz que yo no había visto nunca en nadie.
Y el recuerdo chocó con ese beso, con esas imágenes que de seguro tenían una explicación...
—Te equivocas si crees que hablarás de mi esposa así delante de mí —dije, levantando por fin los ojos—. Te equivocas si piensas que voy a soltarle la mano y dejarte que decidas qué es lo que sentimos.
Arturo me observó un segundo, disimulando que podía ser paciente. Luego se acomodó la chaqueta sin prisa.
—Me gusta el carácter —concedió—. Te será útil. Pero el carácter, Guillermo, sin lógica, se llama barullo. Piénsalo. —Se volvió hacia la puerta—. Y, por favor, no rompas nada de Eduardo. Es un buen entrenador y me sirve que siga aquí.
La puerta se cerró detrás de él sin hacer ruido.
Me quedé de pie, con el cuerpo temblando. Eduardo respiró al fin.
—Cruz…
—No digas nada —pedí.
No podía ni quería escucharlo ahora. El pecho me latía con fuerza, como si quisiera abrirse.
La imagen se repetía sola: ella, él, la pared apartada, el beso. Una parte de mí buscó razones, fisuras, el gesto mínimo que me permitiera explicar lo que había visto. Otra parte, más animal, ya estaba acabando con la vida de Héctor.
Me desvendé los puños con torpeza, las vendas cayeron al suelo.
—Voy a ir a la universidad —dije—. Ahora.
—No hagas una estupidez —casi me suplicó—. No te metas con él. Si es una trampa, lo único que lograrás será entregarte.
—No voy a buscarlo a él.
—¿A quién entonces?
—A mi mujer.
Me abrió paso, sin intentar pararme esta vez. Cuando crucé la puerta del gimnasio, el aire fresco de la calle me golpeó la cara ardiente. Las manos me temblaban y las metí en los bolsillos para disimular la tensión.
Empecé a caminar, y aunque quería correr, no lo hice. Cada paso controlado era un motivo para no romperle la cara a cualquiera que se me atravesará por delante.
Mi teléfono vibró en el bolsillo, como si supiera a dónde iba y quisiera detenerme. Lo saqué para ver un mensaje de Mario. También había uno de Juana con un sticker. Pero ninguno de Gala.
Guardé el móvil. Miré hacia donde quedaba la universidad, detrás de unos edificios imponentes en la zona exclusiva de la ciudad. Respiré hondo y di otro paso.
Necesitaba verla. Necesitaba que me mirara y me dijera la verdad. Que ese vídeo no era lo que parecía, que había sido una trampa...
Y, si no… si ella realmente tenía algo con ese desgraciado... no sabía qué iba a hacer con mi corazón. Pero no quería pensar en esa posibilidad, no podía creer que ella hubiera decidido jugar conmigo. Todo fue demasiado real a mis ojos.
Seguí caminando, con el ruido de mis zapatillas sobre el suelo, ahogando mis pensamientos.
Del otro lado del miedo y la ira, todavía quería pelear por ella... o contra su mundo, contra Arturo y Héctor... Contra la mentira que no iba a tolerar.
Solo apreté los dientes y avancé.