Gala
Me quedé sentada en la cama, abrazándome las piernas, con la frente hundida en las rodillas.
Todavía olía a desinfectante y a la camiseta de Guille que me había prestado. Era grande, me cubría hasta medio muslo, y sin embargo no me daba la seguridad que yo esperaba.
Todo lo que había pasado en la mansión seguía ahí, martillando en mi cabeza: el golpe de Héctor, las miradas horrorizadas, la voz de mi padre, mientras bramaba mi nombre.
Las lágrimas seguían bajando sin permiso. Me las limpiaba con el dorso de la mano, una y otra vez, pero no servía de nada.
Tenía la cara hinchada, la mejilla sensible y el labio ardiendo. Lo peor era el silencio a mi alrededor.
Giré la cabeza hacia el lado derecho de la cama. Vacío. La almohada intacta, fría. El lugar donde debería estar Guille.
Sentí un nudo en la garganta. ¿Por qué no estaba conmigo? ¿Por qué no se quedó a mi lado, aunque fuera solo para abrazarme?
Cerré los ojos fuerte, intentando convencerme de que lo entendía: él estaba enojado, contenía su rabia para no lastimarme con palabras que, él creía, yo no merecía escuchar.
Pero igual dolía. Dolía que ese lado de la cama estuviera vacío.
Fue entonces que escuché las voces en el comedor.
—Juana, más despacio, que vas a tirar todo —dijo Guille, con ese tono grave pero paciente que usaba solo con ella.
—¡Pero tengo hambre! —chilló ella, y no pude evitar sonreír un poco a través del dolor.
Esa vocecita... imaginar su carita... aún era capaz de atravesar la tristeza.
—Lo sé, lo sé. Pero no grites, ¿sí? Tus chillidos me van a dejar sordo —respondió él, con un dejo de ternura escondido bajo la advertencia.
Hubo un silencio breve, y luego la pregunta que me heló.
—¿Gala está en tu habitación?
Mi corazón se detuvo un segundo.
—Sí —respondió él, sin titubear—. Está durmiendo. Tuvo una noche difícil.
Silencio otra vez.
—Está bien… —respondió Juana, y esta vez sonó triste, como si la decepcionara no poder venir a verme.
Me mordí el labio pero enseguida lo solté por el dolor. Quería salir, decirle que estaba despierta, abrazarla y agradecerle ese cariño puro que ella me tenía. Pero algo me detuvo.
Una parte de mí supo que Guille no quería que Juana me viera así: rota, enredada en un mundo que la niña ni siquiera podía imaginar.
Tragué saliva, abrazándome más fuerte las piernas.
Pasaron unos minutos. Escuché el ruido de platos y cubiertos. Juana volvió a hablar.
—¿Hoy vas a venir por mí después de clases?
—Sí —respondió él, y esta vez su voz se oyó más seria—. Vamos al control médico, ¿recuerdas?
—Ah, sí. —Juanita no sonaba entusiasmada, pero tampoco protestó.
—Así que prepárate, que paso a buscarte luego —añadió Guille.
—Bueno —asintió ella, resignada.
Se hizo un silencio más largo, apenas roto por el sonido de la radio encendida.
Me quedé ahí, en la cama, escuchando todo con el pecho apretado. Esa distancia que él ponía entre nosotros, esa frialdad medida, empezaba a hacerme dudar.
¿Y si de verdad lo arruiné todo?
Le dije que lo amaba, había intentado explicarle lo que podía sin comprometer su seguridad. Y aun así, cada palabra que había dicho parecía abrir un abismo más entre los dos.
Guille era todo fuego y lealtad, yo en cambio estaba hecha de secretos y deudas que no sabía cómo pagar.
Le había ocultado tanto… y aunque no era por falta de amor, sino porque el miedo me tenía encadenada, sabía que en cierto punto lo había herido.
Me recosté hacia atrás, mirando el techo. El corazón me dolía. Me preguntaba si él seguiría viéndome como esa mujer que podía hacerlo sonreír con solo mirarlo, o si ahora yo era solo una carga… un riesgo que lo estaba arrastrando al ojo del huracán.
Sus palabras de la noche anterior todavía ardían en mí: “No sé qué mierda está pasando, pero si Héctor te puso una mano encima, lo mato.”
Yo sabía que lo decía en serio.
Y también sabía que, si se dejaba llevar por esa rabia, su vida se acabaría. Lo perdería. Y lo peor: sería por mi culpa.
Me llevé las manos a la cara, escondiéndome.
Una parte de mí quería salir de la habitación, correr a sus brazos y decirle que lo necesitaba. Pero otra me decía que debía mantenerme a raya. Que si él ya estaba dudando de mí, yo no podía ponerle más peso encima.
Las lágrimas volvieron, silenciosas esta vez.
Escuché un golpe de cubiertos, un “buen provecho” de Juana, y la risa leve de Guille en respuesta. Esa risa me atravesó como un cuchillo. No porque me molestara que se riera con ella, al contrario, era hermoso, sino porque no la había vuelto a escuchar así conmigo desde que salimos de la fiesta.
Me hundí más en la cama, apretando la camiseta de él contra mi pecho. Tenía miedo. Miedo de que ese silencio no fuera solo contención. Miedo de que se diera cuenta de que mi mundo y el suyo jamás podrían mezclarse, porque yo era lo peor que podría pasarle jamás...
Y terror de que un día me dijera que yo no era suficiente recompensa para tanto dolor.
El silencio en la casa se hizo más profundo cuando Juana se fue.
Me sequé las lágrimas rápido con la camiseta de Guille. Sentía que, con ese patético intento de borrar mis lágrimas, podría devolverme algo de dignidad.
Me sobresalté cuando la puerta se abrió y Guille entró. En cuanto me vio sentada en la cama, despierta, se detuvo.
—¿No estabas durmiendo? —preguntó frunciendo el ceño.
—No pude —contesté, bajando la mirada.
Él dejó algo en la silla y se pasó la mano por el cabello, tal vez despejando su mente.
Yo respiré hondo, buscando valor, y dije lo que llevaba mordiéndome por dentro desde hacía horas.
—Guille… ¿me prestas tu teléfono? Quiero llamar a Julieta. —Mi voz tembló un poco—. Puedo quedarme con ella unos días, así no te molesto. Ni a ti ni a Juana.
El silencio se hizo más pesado. Lo miré, y vi cómo se tensaba, cómo esa frase le atravesaba el cuerpo.
Él caminó hasta la cama sin decir nada y se sentó a mi lado. Su peso hundió el colchón, acercándonos. Se llevó las manos a la cara un segundo, y cuando bajó los brazos, su expresión ya no era de enojo ni de dureza. Estaba roto.
—No vuelvas a decir eso, Gala —dijo, con la voz grave y ahogada—. No eres una molestia. Ni para mí, ni para Juana.
Tragué saliva.
—Pero yo… —intenté explicar, con la garganta cerrada—. Tú me miras distinto desde anoche, como si… como si no supieras si quieres que me quede. Yo lo siento, y duele.
Él me tomó la mano, apretándola con fuerza.
—Claro que te miro distinto —me interrumpió—. Pero no porque no quiera que te quedes. Te miro distinto porque tengo miedo. Porque siento que en cualquier momento vas a desaparecer y no sé cómo voy a seguir adelante si no te tengo a mi lado...
Lo miré, sorprendida. Nunca había escuchado a Guille hablar así, sin la coraza que siempre llevaba encima.
—Yo también tengo miedo —confesé, con lágrimas que volvían a acumularse—. Miedo de que un día me mires y pienses que no soy suficiente para ti. Que mi mundo es demasiado sucio y complicado para arrastrarte conmigo.
Él negó con la cabeza, y me acercó de golpe contra su pecho. Su abrazo fue firme, casi desesperado.
—No quiero a nadie más que a ti, Gala. —Sus palabras vibraron contra mi oído—. Te lo juro. No hay nadie más.
Lo sentí temblar, como si en lugar de contenerme estuviera sosteniéndose él mismo. Lo aparté un poco para mirarlo, y en ese instante, con el corazón golpeándome el pecho, lo solté.
—Te amo, Guille. —Las palabras salieron como un hilo de voz, pero eran lo más sincero que había dicho en toda mi vida—. No quiero una vida sin ti...
Sus ojos se cerraron un segundo, y la sonrisa en sus labios me dijo todo. Él saboreaba mis palabras en su mente.
—Yo también te amo, Gala. —Me acarició la mejilla con la yema de los dedos, suave sobre la piel aún sensible—. Y haría lo que fuera por verte libre.
Sonreí a través de las lágrimas.
—¿Qué… qué pasaría si nos casáramos? —preguntó, casi sin pensar.
Parpadeé sorprendida.
—¿Casarnos?
—Sí, si fuéramos marido y mujer, tú no tendrías que cumplir con el contrato de tu padre, ¿verdad? —murmuró, y mi estómago se hizo un nudo—. Él no podría obligarte a casarte con Héctor.
Guille quedó esperando mi respuesta. Su mandíbula se apretó, y su mirada se nubló. Podía ver cómo, en su cabeza, las piezas se movían rápido.
—¿Harías eso por mí? —pregunté, sin poder creerle del todo.
Él no dudó. Me sostuvo el rostro con ambas manos y me respondió con una firmeza que me arrancó el aire:
—Haría todo lo que está en mis manos… y más… por volver a verte sonreír.
Las lágrimas se derramaron sin que pudiera contenerlas. Me incliné hacia él, y lo besé. Un beso que no tuvo nada de desesperado ni roto, como los anteriores, sino un beso cargado de promesas. De futuro.
Sentí su brazo rodeándome, su otra mano aferrada a mi cintura, y por primera vez en mucho tiempo, no tuve miedo.
Me separé apenas para mirarlo, y él me sostuvo la mirada como si ya hubiera tomado una decisión.
—No voy a dejar que nadie te arranque de mí —dijo—. Y si casarnos es lo que nos salva, entonces eso haremos. De todas maneras, tarde o temprano te lo hubiera propuesto.
Apoyé la frente en la suya, con los labios temblándome todavía.
—Lo único que quiero es estar contigo, Guille. Pase lo que pase.
Él sonrió apenas, una sonrisa cansada, pero real.
—Entonces no tienes de qué preocuparte. Porque ya tomé mi decisión.