Capítulo 36: ¿Eres inocente?

1638 Words
Guille Me ficharon como si fuera un criminal. Me trataron peor que un perro, me empujaron, me golpearon, me humillaron y se burlaron de mi dolor. Me tomaron las huellas, me quitaron el cinturón, las agujetas, el móvil... todo. —Efectos personales —dijo el agente, y los metió en una bolsa transparente con mi nombre escrito a mano, tirando la bolsa a un lado. El pasillo olía a humedad y cloro barato. Un tubo fluorescente parpadeaba con un zumbido que se me metía en la cabeza. —Cruz, celda tres —ordenó alguien. El cerrojo sonó dos veces. Adentro hacía demasiado frío. Un banco de cemento, una ventanita alta con barrotes por donde entraba una luz que no servía para nada. Me senté, pero el cuerpo todavía vibraba por la descarga del táser. Cada músculo tenía memoria de esa electricidad. Cerré los ojos y vi a Juana convulsionando, el paramédico sujetándole la cabeza, la máscara de oxígeno empañándose. Abrí los ojos de golpe, metiendo la cabeza entre las piernas, como si pudiera forzar el tiempo a volver atrás. Intenté respirar despacio contando hasta diez. Pero no funcionó. La pared frente a mí era un bloque que me alejaba de todos mis seres queridos. Mi mente me llevó a Gala: la llamé tantas veces, y su móvil apagado fue la única respuesta que recibí de ella. La imagen del maldito video se me cruzó sin permiso: el pasillo de la universidad, la columna, Héctor. Me mordí el labio hasta sentir sangre. No sabía dónde estaba ella. No sabía nada. Y aquí, de pronto, mi mundo era un rectángulo de concreto y preguntas. —Cruz —llamó un guardia desde la reja—. Tienes visita. Me levanté con las piernas todavía temblándome por toda la mierda que había vivido en tan pocas horas y la esperanza de que fuera mi esposa la que viniera a ayudarme. El oficial me condujo por un pasillo corto hasta una sala de vidrio. Adentro hacía más frío que en la celda. Dos teléfonos negros, una línea amarilla en el suelo, un fluorescente que zumbaba como un jodido mosquito. Del otro lado del vidrio no estaba la persona que quería que fuera. No. No era mi esposa ni mi mejor amigo. Era Marcela... mi ex novia de la secundaria. Llevaba una chaqueta fina, el pelo recogido y la mirada de alguien que corrió sin saber a dónde. Se sentó, tomó el auricular con manos que no paraban de temblar. El guardia me hizo una seña: “siéntate”. Obedecí y levanté el teléfono. —Te vi —arrancó, sin saludo—. Vi cómo te metían en la patrulla. —Tragó saliva—. Me quedé allí sin saber qué hacer. —¿Juana? —pregunté sin poder pensar en otra cosa. —Una ambulancia se la llevó —dijo—. Escuché a un paramédico decir “está estable”. No me dejaron subir. —Sus ojos se humedecieron—. Guille, estaba asustada... Me aflojé un poco en la silla, lo justo para respirar. —¿Y… Margarita? Bajó la mirada. —Escuché que… que murió. Afuera dijeron “infarto”. —Negó mirando al suelo—. Lo siento. El silencio fue un golpe directo al pecho. Apreté el auricular contra la oreja como si así pudiera sostenerme. —¿Y Mario? —pregunté, el nombre atascado en la garganta. "De seguro él ya estaba de camino..." Pensé, él nunca me abandonaría. La escuché sollozar, y una lágrima silenciosa se deslizó por la mejilla de Marcela. Con un gesto torpe limpió su nariz y cerró los ojos con fuerza, como si así pudiera contener el torrente que amenazaba con romperse. —...Un choque —respondió—. Un vecino dijo que perdió el control... Me quedé helado por un segundo... —¿Qué acabas de decir? —pregunté en shock, sin poder creer que tantas cosas me pasaran al mismo tiempo. —Yo... lo siento mucho, Guille —sollozó murmurando las disculpas—. Mario murió. Un dolor abrazador me recorrió por completo. Cerré los ojos para contener las lágrimas y me mordí el labio para no llorar. —No sé más —agregó, casi apurada—. No sé de leyes, ni de papeles, ni de nada. Solo… te vi, y vine. —Me miró con pesar, pero yo no podía dejar de pensar en mi amigo. Tragué con fuerza, este no era el lugar para descargar todo ese dolor... los imbéciles a mi alrededor me verían como un debilucho... Ya lloraría su partida en la celda. —Necesito encontrar a mi hermana y a mi... esposa. Marcela apretó los labios. Sus ojos bajaron a mis manos. Las esposas habían dejado marcas rojas en las muñecas. Después miró mi dedo, dónde todavía estaba la marca del anillo. No lo había notado hasta ese segundo. —¿Qué es eso? —preguntó, apretando los dientes. Bajé la mirada un instante y volví a subirla. —Me casé, Marce... Noté como sus mejillas se enrojecían, sus ojos se achicaron y su expresión pasó directamente a la ira. —Perdón… ¿tu qué? —Me casé con la mujer que amo —repetí, sin adornar las palabras. La cara se le tensó como una cuerda. Parpadeó una vez, y la bilis le subió a los ojos en forma de lágrimas que no cayeron. —Siempre creí… —dijo bajito, y ahora sí temblaba—. Siempre creí que nosotros dos seríamos una familia. Que… que en algún momento ibas a darte cuenta. —Soltó una risa seca, sin humor—. Que yo siempre te esperé... Me mordí el labio. —Bueno —dije—. Y no te voy a mentir. Cuando salíamos… te quise. —Busqué las palabras con cuidado—. Era otra vida. Yo tenía otra cabeza. —Le sostuve la mirada—. Pero amo a Gala. La frase quedó entre los dos, pegado al vidrio que nos separaba. Ella respiró hondo, clavando los dientes en el labio para no quebrarse. —¿Te ama? —preguntó sin mirarme. Cerré los ojos un segundo, recordando su voz, su risa en el hotel, su mano en la mía en el registro, todo eso que ahora parecía una maldita ilusión. —Sí —respondí—. Nos elegimos por amor. Se apoyó un poco más contra el respaldo, como si esa palabra le hubiera quitado aire. Se recompuso con una rapidez que conocía bien de ella: esa manía de no dejar que nadie la viera caer. —Y ahora no está —dijo, más para sí que para mí—. Y tú estás aquí adentro. —Torció la boca—. Qué timing de mierda. No supe qué contestar. La sala, el zumbido del tubo, un guardia tosiendo afuera. —No vine a pelear —dijo, moviendo apenas la cabeza—. Vine porque… —soltó el aire, cansada—. Porque si fuera yo, tu vendrías. —Necesito un favor —pedí—. Ve al hospital. Quédate con Juana todo lo que puedas. Si la mueven, síguela. Si no te dejan, espera en la puerta. No la dejes sola, ¿sí? —Voy a estar —respondió, firme, como si esa parte no tuviera discusión. —Y si puedes... —Me detuve—. Necesito saber dónde está mi esposa. Frunció el ceño. —No tengo su número. —Negó—. No la conozco. Pero algo voy a hacer. Se me aflojaron un poco los hombros. —Gracias. —No me lo agradezcas —dijo, y se pasó el dorso de la mano por la nariz—. Todavía estoy… —se señaló el pecho—, muy molesta, Guille. Mucho. —Se rió sin gracia. —No quería que te enteraras así —contesté. —¿Y cómo? —levantó las cejas—. ¿Con una invitación por correo? —Negó—. No importa. Ya está. —Apretó el auricular—. Solo necesitaba decirte que… —tragó—. Que vas a salir de esto. Porque te conozco. Porque si algo sabes, es pelear cuando nadie da un puto centavo por ti. Me quedé mirándola. Había furia y cariño en sus palabras. —Marcela… —empecé. —No —me cortó con un gesto de la mano—. No me debes nada. Solo… —respiró—. Solo mantente fuerte. Yo me encargo de todo aquí fuera. El guardia golpeó el marco: “un minuto”. —Guille —dijo de pronto—. ¿Eres inocente? No dudé. —Sí. Me sostuvo la mirada unos segundos más, como si buscara algo detrás de mis pupilas. —Entonces no te rompas aquí dentro —pidió—. No le regales esa parte a nadie. —Voy a aguantar —dije, apretando los dientes—. Por Juana. —Y por ti —agregó. El guardia señaló el reloj. Marcela colgó. Antes de pararse, apoyó la palma en el vidrio, pero yo no le devolví el gesto. Se paró y se fue sin mirar atrás. El guardia me condujo de vuelta. En la celda, me senté, cerré los ojos y respiré hondo. "Mario..." Pensé en mi amigo, ese que siempre fue incondicional para mí, y ahora... ahora estaba seguro de que había muerto por mi culpa. Dejé que el dolor por su pérdida me invadiera, liberando las lágrimas que había contenido. Lloré por él, por la señora Margarita, por mi hermana y por mi esposa... Sabía que la habían obligado a hacer esto y que, dónde estuviera, no estaba a salvo. "No dejaré que sus muertes salgan impunes... Si Arturo Castillo tuvo algo que ver... Lo llevaré a la justicia, y que lo condenen por tanto dolor..."
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