Margott no reflejaba en sus ojos café algo distinto al miedo espeso que la congelaba desde lo más profundo de sus entrañas. Marie sonrió ampliamente, lo que causó más miedo al notarse patéticamente desquiciada. Entonces se abalanzó hacia la niña, tomándola por los pies y tirando de ella. —¡NO! ¡MAMÁ NO! —suplicó Margott—. ¡PROMETO PORTARME BIEN! Yo no escondí tu caja de cigarrillos —explicó. —Es cierto —reconoció Marie tranquilamente, recordando que por eso había querido castigar a las niñas—. Olvidé que la había dejado bajo la almohada. La niña intentó zafarse del agarre de aquella mujer de maquillaje corrido, pero ésta no tardó en apretar más sus manos alrededor de las infantiles piernas de Margott luego de darse un largo trago de la botella de Wisky. Dejó el recipiente de v

