Una lágrima salió de los ojos de Isabell, a su mente llegaban retazos de recuerdos relacionados con el joven que estaba tirado sobre el suelo: aquella vez en que cruzaron palabras, su mirada tímida y su voz suave que emitía palabras llenas de curiosidad. Lo consideraba un niño, de algunos 20 años de edad, mayor, pero con espíritu inocente. Desde el principio se había dado cuenta que las intenciones de él no eran del todo malas. Ahora estaba allí, perdiendo mucha sangre mientras intentaba decir algo y su mirada no lograba enfocarse en algo, sus pupilas se dilataron por completo casi arropando todo el iris de sus ojos. —No mueras —lloró Isabell en voz muy baja, en una súplica y con la mejilla pegada al frío suelo—. No te rindas. Era inútil pedir aquello, el joven ya no tenía reflejos en

