Capítulo ocho: No puedo dejarte ir Me llevo una cucharada de helado de caramelo con chispas de chocolate a la boca y me deleito en el sabor. Sigo prefiriendo la vainilla, pero me niego a probarla. Ni el té verde, ni nada que me recuerde a él. —¿Qué hay de Decon? —pregunta mi amiga de buenas a primeras. —¿Qué hay con él? —¿Lo has visto bien? —exclama—. Madre mía, si parece sacado de un cuento erótico. ¿De dónde has sacado semejante morenazo? ¿De qué lo conoces? —Fuimos compañeros en la universidad —respondo escuetamente mientras me llevo otra cucharada a la boca. —Está muy bueno, pero se ve madurito —señala de forma perspicaz—. No veo cómo pudisteis ir juntos a clase, al no ser que comenzara a estudiar después de los veinticinco. —Decon tiene treinta y cinco —aclaro—, y estaba hacien

