Capítulo treinta y cuatro: Una cita —Aquí tienes —me tiende un tarro de helado de vainilla. No sé cómo de las ha ingeniado para que sobreviva al viaje. Marzo va quedando atrás y comienza a hacer calor—. Es para los dos, así que debes esperar a que regrese —apenas soy consciente de su beso en mi hombro. El helado me observa fijamente y grita «tómame». Siento la saliva espesrse en mi boca y relamo mis labios—. Quiero tomarte pequeño —hablo con el recipiente—. Solo debo esperar a que aparezca Oliver. Unos minutos más —rezo en voz baja—, unos minutos más. Intento pensar en otra cosa mientras continúo escuchando «Debórame—«Saboréame—«Ahora». Afortunadamente, mi chico no demora—. He traído crema batida, fruta picada y… —¿Hay menta? —no le dejo terminar. Tengo una obsesión con la mente últim

