El salón estaba atiborrado de toda la aristocracia. Hacía solo una semana que la habían presentado en sociedad y ella estaba de los nervios con lo que hacía unas horas le había dicho en privado su padre.
Su pierna no dejaba de tamborilear sobre el pulcro suelo del salón. Estaba nada menos que en el castillo y era donde menos deseaba estar. De cerca había visto a varias amigas suyas ser forzadas a un matrimonio sin amor, ni felicidad. Y ahora ella estaba sometida al mismo destino.
No quería eso para ella. Ni siquiera había ideado un casamiento por su parte, jamás había pensado en tener pareja, mucho menos en casarse.
Solo tenía dieciocho años recién cumplidos.
Bufó con torpeza.
Todos parecían felices a su alrededor. O eso se empaña en fingir la aristocracia. Entre ellos habían sonrisas y buenos modales, cuando la realidad era que de toda la clase social, la suya era la que más apestaba en todos los sentidos.
Pero de igual forma se sentía más iracunda cada que miraba al lado y veía a alguien sonreír. No quería estar en un ambiente así, porque ella, Caroline de Ashbourne, que siempre estaba radiante de alegría, hoy estaba contraída, seria y frustrada.
Dando un pisotón fuerte y por la demora de los monarcas del país en hacer acto de presencia, se escabulló hacia los pasillos.
«Nunca debes salirte del salón de baile. Nunca se sabe a quién te puedas encontrar entre los pasillos»
La voz de su madre Matilda se repetía mientras más avanzaba entre la oscuridad del ancho pasillo. Los cuadros pintorescos, los búcaros y las cortinas llenaban las paredes con derroche de lujo. Uno al que ella estaba acostumbrada, y que por tanto ni siquiera se inmutó en detallar.
Más bien, enfocada en su impotencia dio zancadas hacia al lugar donde no se escuchara la música alegre del salón real.
Necesitaba aire.
Respirar para poder asimilar en calma la idea de un matrimonio concertado. A sus ojos era algo fatídico, quizás, si hubiese conocido con anterioridad al hombre que la desposaría, ella ahora no estuviese tan enfurecida. Pero no era el caso. No lo conocía, no sabía cómo era a pesar de ser el príncipe heredero del país.
Sí.
A ella, a Caroline Augusta Arabella de Ashbourne, la habían prometido con el próximo rey.
Otra en su lugar quizás estaría brincando en una pierna, pero no era su caso. No estaba feliz con ser princesa, ni reina, ni siquiera le gustaba llamar tanto la atención como siempre había hecho debido a que era hija, nada menos que del duque de Ashbourne, Mason Edwin Wecks de la casa Whaverly.
Pasillos y pasillos fue todo lo que vio. Hasta que la música se fue escuchando cada vez menos. Llegó a lo que parecía ser un corredor lleno de retratos de la familia real.
Habían cientos de retratos ahí, pero sólo uno llamó su atención.
Casi del tamaño de un cuerpo humano. Era enterizo y el hombre que estaba pintado le resultó demasiado atractivo. Jamás se había parado a detallar la belleza masculina, pero sin duda, el hombre dibujado enfrente, lucía de otro planeta.
Su cabello era tan rojo como llamas prendidas. Lucía espeso y cargado de rizos un tanto largos. Sus ojos tenían un color azul oscuro, su nariz era perfilada y sus labios demasiado carnosos. El hombre en el retrato no estaba riendo, ni siquiera se mostraban atisbos de sonrisas en sus comisuras, solo lucía una pose despreocupada. Tenía un traje real y una capa de piel de leopardo. Una pequeña corona portaba su cabeza. Pero aún y con todo el poder que derrochaba a pesar de siquiera esforzarse, lo que más resultaba entre intimidante y llamativo para Caroline, era su mirada.
Se percibía molesto. Como si odiase a todos a su alrededor. Su ceño estaba ligeramente fruncido y la expresión de molestia le asentaba de una forma hechizante.
Caroline tuvo que pasar saliva con todo lo que se arremolinó dentro con solo quedarse viendo tal espécimen.
No sabía cuánto tiempo había pasado ahí, ante el retrato de tan majestuoso hombre hasta que una voz llamó su atención cuando chilló:
—¿Qué haces aquí Arabella?
El tono que usó su madre era demasiado reprobatorio. Cuando ella se volteo se encogió un tanto al ver mirada áspera que le dedicó la mujer más dulce de todas.
—Madre… —musitó levemente.
—¿Desde cuándo te comportas así? Habíamos hablado cientos de veces sobre esto. Nunca te has portado de esta forma. Y si…
—Estoy sola madre —la interrumpió al ver cómo su progenitora se ahogaba de angustia al pensar en los miles de escenarios que pudieron resultar con su hija entre los pasillos, completamente sola—. Necesitaba respirar madre.
Su progenitora se acercó a ella con calidez. Tomo sus manos y le dijo:
—No debes preocuparte por nada. Es un buen partido. Tu padre jamás te entregaría a un macabro degenerado, lo sabes…
Y los ojos de la joven se nublaron. Ella mejor que nadie sabía que su padre la amaba con la vida.
—Pero no lo conozco, estoy tan molesta con esto. Ni siquiera él ha dado la cara y el matrimonio será en cuatro días.
Su madre le sonrío y puso una mano en su mejilla con dulzura.
—Todo estará bien pequeña…
Y su hija se soltó molesta y con la mente cargada.
—¿Por qué tiene que ser este nuestro destino? ¡No es justo madre! —reprimió las lágrimas y cerró sus puños—. Pero te juro, que si en cuatro días él no se presenta ante mí, va a pagar con creces el haberme hecho pasar como mula de cría y no respetarme. Soy una Ashbourne y por muy príncipe que sea, no va a pisotearme de esta manera.
Y salió dando zancadas fuertes de regreso al salón. Sin saber que las palabras tienen el efecto de construir y de destruir y en ese momento, ella no se percató de que en realidad, habían más de una persona oyendo sus palabras en el corredor donde estaba.