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1456 Words
La veo hablando con alguien, un chico de su clase. Están discutiendo, las expresiones enojadas del chico y el ceño fruncido tan característico de mi Esmeralda, me lo aseguran. Mueve la cabeza de un lado a otro, negando incrédula lo que dice aquel universitario. Observo como aprieta sus puños y clava las uñas en sus manos, va a hacerse daño. El desconocido se acerca aún más hacia ella y noto como desvía su mirada a los labios de mi Esmeralda. Está pensando en besarle, lo presiento. Debo salir de mi escondite, no puedo permitir que alguien más bese los labios de mi Esmeralda. No es posesión, son celos. Malditos celos. En cuestión de segundos Esmeralda alza la mano y le propina una fuerte bofetada en la mejilla del chico, tan dura fue que el mismo joven se balanceó unos centímetros para atrás perdiendo el equilibrio. Noto como se acerca y le susurra algo indescifrable para mí, ya que me encuentro lejos y mi sentido de la audición no es muy poderoso para escuchar a la distancia. Aprecio como menea sus caderas huyendo del lugar, dejándome con una sonrisa en mis labios por su sorpresiva acción. Sabe defenderse, hoy pude verlo. Es fuerte y posee carácter, no es sumisa ni tímida. Eso me hace quererla aun más. —Profesor Wareer ¿Cómo está?—oigo una voz y giro la cabeza para ver de quien se trata Es la profesora Akselsen que enseña Patología. Ladeo la cabeza encogiéndome de hombros. Luego de ver a Esmeralda defenderse, me encuentro fascinado. —Muy bien profesora, gracias por preguntar. ¿Usted?—pregunto cordialmente. No tengo algún interés en entablar una conversación con una compañera de trabajo que quiere algo más conmigo. Todo de ella, sus miradas, gestos, movimientos sensuales, me dicen a gritos que le gusto. Pero aquí la única que me interesa, deseo y quiero es mi pequeña Esmeralda. La escucho resoplar a la vez que suelta un leve suspiro. —Pues ya sabe profesor, los jóvenes te agotan la energía.—se queja. Asiento concordando con ella, a pesar de que mis estudiantes no sean tan rebeldes y hagan caso a mis indicaciones. —Como sea, no vine a hablar de los jóvenes. —añade. La miro sorprendido cuando me percato de su extrema cercanía hacia mí. Dejaba ver su escote profundo en v, se me está insinuando. Otra mujer más que hace lo mismo. La única que no cae en mis naturales encantos y en acción ordinaria de todas las mujeres, es mi Esmeralda. —¿Ah no? —negó levemente. —¿Entonces a que vino? —cuestiono enarcando una ceja. —Quiero invitarlo a una cena en un restaurante muy lujoso de aquí, en la ciudad de Chicago. Puede pasar por mí a las nueve si le parece bien. —sugiere sonriendo provocativamente. Le devuelvo la sonrisa a la vez que entrelazo mis dedos incómodamente. —Sinceramente me encantaría pero esta noche estoy ocupado. Todas las noches a partir de las nueve tengo turno en el hospital. Ya ve, es una vida agitada.—explico encogiéndome de hombros. Su expresión cambia a una desilusionada pero lo logra disimular muy bien con una amplia sonrisa. —Oh claro entiendo profesor, no se preocupe. Otro día será, que tenga un buen día. —responde desapareciendo de mi vista. En sus palabras puedo notar una chispa de decepción. No me siento culpable, lo que le dije es la verdad. Debo trabajar en el hospital, salvando vidas de personas. Ser el jefe del hospital que tú mismo construiste y a la vez ser un neurocirujano reconocido, no es para nada sencillo. Es agotador realmente, agregando mi rutina mañanera como profesor. Siempre he recibido citas invitándome a salir por parte de las mujeres, luego todo eso terminaba en sexo. La mayoría de esas veces las he rechazado, no solo por trabajo si no también porque no me interesaba llevar la misma rutina a cabo todas las noches. Es aburrido, a mi me gusta lo especial. Lo único. Eso es Esmeralda, única a todas las demás. Me sorprendo al sentir a mi Esmeralda sentada a ahorcadas en mi regazo. Sin pensarlo ubico mis manos en la curva de su cintura, sintiendo sus manos agarradas a mi cuello. Su bonito aroma floral se filtra por mis fosas nasales y su cabello ondulado provoca cosquillas en mi cuello. Me pregunto cuándo habrá llegado que no la había visto, pero ella si a mí. Su atención está centrada en la mujer que tengo en frente mío, con la cual unos minutos antes me encontraba bebiendo un café. Puedo ver una hipócrita sonrisa en la curva de sus labios y el ceño fruncido en enojo por parte de la mujer, quien es solamente una desconocida del bar en el que me encontraba. —Se te ve muy feo eso, deberías quitártelo. —habla Esmeralda causando confusión por parte de la mujer. —¿Qué cosa?—pregunta la mujer sin comprender. —Tu terrible coqueteo con hombres enamorados. —aclara sonriendo hipócritamente. Esbozo una amplia sonrisa y doy mi mejor intento por no reírme. Esmeralda es irónica, desde lejos se puede notar. Las ironías son su forma de defenderse, su armadura. A diferencia de otras chicas, ella no se inmuta en echar humo, enojarse o simplemente lanzar una cachetada a la que la desafiara. No, ella lanza puras ironías. Y eso la hace diferente. —Zorr... — ¡Ah! Cuida lo que dirás, a mi enamorada no la tratas así. —intervengo. Esmeralda fija su mirada en mí y me observa sorprendida.—Y ya vete de aquí, quiero estar a solas con mi novia. —agrego dejando un corto beso en la comisura de sus labios. Miro de reojo como desaparece aquella mujer, echando humos hasta por los poros. Esmeralda se separa de mis labios, aun sentada en mi regazo. Enreda sus manos en mi cabello, jugando con él y algunos mechones. Hunde su rostro en mi cuello y no dice alguna sola palabra. Simplemente está en absoluto silencio, analizando lo que ha sucedido hoy o tal vez en su vida misma. Se encuentra cansada, puedo notarlo tan solo por su respiración lenta y sus ojos cerrados. Por mi parte le brindo suaves caricias en su espalda, causando que todo su cuerpo se relaje y elimine toda tensión que hasta hace un momento se encontraba en ella. — ¿Te encuentras bien? —pregunto con cautela. Asiente quitando su rostro de mi cuello y separándose de mi regazo. Al no tenerla cerca no puedo evitar sentir un pequeño vacio en mi, deseo volverla a sentir al lado mío, deseo sentir su presencia. — ¿Así que ahora soy tu novia? Pensé que era tu alumna, profesor. —suelta. Encorvo mis labios en una ligera sonrisa y me encojo de hombros. Esmeralda no sabe cuánto deseo que sea mi novia, ser yo el único que la toque, bese, enamore y la haga feliz. —Eres mi celosa estudiante de medicina, no iba a dejar que alguien te tratara mal. Además tú fuiste la que me sorprendió sentándose en mi regazo, por segunda vez. Tú comenzaste el juego, yo lo seguí. —reprocho divertido. Me deslizo por el asiento en búsqueda de su cercanía. Fija sus ojos en mí y sonríe irónicamente. Acorto la poca distancia que yacía acercando sus labios hacia los míos pero sin juntarlos. Sus labios están demasiado cerca de los míos, podía besarme, pero por alguna razón desconocida no lo hacía. Y eso me frustra. Quiero probar de sus labios nuevamente, pero solo lo haría si ella lo deseaba. Porque jamás la obligaría a nada. Puedo sentir su fresco aliento mentolado impactar contra mis labios. Lleva sus labios pintados de un labial rojo que en ella luce perfecto, lo único que logra era provocarme más de tan solo verla y desear esos rojos labios. En cuestión de segundos pasa su lengua por mi labio inferior, humedeciéndolo en un acto excitante a mi parecer. Mi m*****o se coloca duro y mi piel se eriza debido a su provocativa acción. Solo ella provoca estas sensaciones en mí. —Puedo cuidar de mi misma sola. Y no necesito a un profesor que me defienda. —murmura antes de guiñarme un ojo. Sonríe divertida y noto como se marcha del lugar. Dejándome no solo con la respiración agitada y con una notoria erección, si no también con una gran sonrisa de por medio debido a su fascinante carácter que tanto me gusta. Posee actitud, carácter. Se atreve a decir las verdades directas, sin ningún escrúpulo. No le importa lo que pensará el otro, simplemente era ella. Mi pequeña Esmeralda sin apariencias fingidas, pura y verdadera.
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